Blog Colectivo donde se publicará esporádicamente trabajos de amigos y alumnos de los Talleres Virtuales y Presenciales de Escritura Creativa y también del curso de Comunicación. Sugerencias, consultas, envíos y colaboraciones: mazeyra@gmail.com

Twitter

Sigue a Orlando Mazeyra Guillén en Twitter

domingo, 16 de abril de 2017

¿Qué es un gran libro?

Para mí, un gran libro es aquél que se introduce en mi vida, perdura en ella y la modifica. El primer gran libro que leí fue Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, cuando tendría unos diez años. Todavía recuerdo la emoción con que seguí las proezas de los cuatro amigos en la corte de Ana de Austria y de Richelieu. Estoy seguro que ellas influyeron en mi predilección por el género de aventuras y en mi pasión por la narrativa.
Un requisito indispensable para que un libro me hechice, es que no sea demasiado simple, que exija de mí un esfuerzo intelectual para poder apreciarlo. Eso me ocurrió con las novelas de William Faulkner, a quien creo el novelista moderno más importante. Los primeros libros que leí de él -yo era estudiante- me planteaban muchas dificultades, pues no estaba familiarizado con esas alteraciones del tiempo y el empleo de varios narradores entrecruzados. Cuando entendí esas estructuras novelescas, se me abrió un horizonte y descubrí que esa complejidad no era gratuita sino la misma que tiene la vida humana.
Un gran libro es una especie de amigo fiel al que puedo acudir en busca de ayuda y consejo cuando me hace falta. Por ejemplo, la Correspondencia de Flaubert, en la que uno sigue paso a paso su vida de escritor, los esfuerzos y angustias que le significó cada libro, ha sido para mí muy útil. En sus páginas, que he leído y releído, hallé muchas veces las respuestas para las preguntas que me hacía y el tesón que me faltaba en lo que estaba tratando de escribir.
Finalmente, un gran libro es para mí aquél que me obliga a revisar mis opiniones, que de alguna manera me contradice. Eso me sucedió releyendo El hombre rebelde, de Albert Camus, hace cinco años. En ese entonces, pensaba que no había más remedio que aceptar, en ciertas circunstancias en la historia, que el fin justifica los medios. El admirable ensayo de Camus sobre la violencia me convenció de que la única moral histórica aceptable es la opuesta: la de que son los medios los que deben justificar los fines.

Mario Vargas Llosa
Lima, 1979

Del libro "Elogio de la educación".

lunes, 6 de marzo de 2017

García Márquez: escribir mucho

-¿Cómo le gustaría morirse?
-No. Si a mí me pusieran a escoger la muerte sencillamente no la escogería. Me niego, rotundamente. Yo la única opción que acepto es la de no morirse. Creo que la única cosa realmente importante que hay es la vida. Lo importante es estar vivo. Y creo que la muerte es una trampa, es una traición, que lo sueltan a uno sin ponerle la condición. (...) Para mí es muy serio el hecho de que esto se acabe y prácticamente sin participación de uno, sino cuando llega. Creo que es injusto.

-¿Y qué podemos hacer por evitarlo?

-Escribir mucho.


sábado, 4 de marzo de 2017

La buena escuela no asfixia la creatividad

Todos tenemos una faceta imaginativa que despierta en la infancia y va apagándose con los años. Algunos expertos creen que las reglas escolares castran, otros subrayan sus beneficios sociales y cognitivos.


Escribe: Elia Silió.

Tendemos a ver la creatividad como algo chic y elitista, solo al alcance de unos pocos privilegiados. Así lo interpretó en 1999 el psicólogo social Howard Gardneren Inteligencia reestructurada: múltiples inteligencias para el siglo XXI. Sin embargo, con los años se va imponiendo la visión democrática de Ken Robinson,convertido en todo un gurú para un séquito de pedagogos. En opinión de este educador y conferenciante de masas, “todo el mundo es capaz de tener éxito en algún área si se dan las condiciones precisas y se ha adquirido un conocimiento relevante y unas habilidades”. Hasta ahí todos satisfechos. El problema llega ahora. Según este británico, la escuela mata esta creatividad que no tiene por qué ser artística, como solemos imaginar, sino científica o social.
Según Robinson, al profesor solo le interesa que se conteste lo que está en los contenidos del temario, lo que provoca la frustración de aquellos niños que son más arriesgados y a los que les gusta improvisar. Eso provoca que cada vez se atrevan menos a pensar de manera diferente por miedo a equivocarse. Tienen un comportamiento más rígido y convergente. Todo ello, en opinión del pedagogo, tiene su origen en una escuela anacrónica concebida durante la revolución industrial pensando en la producción en cadena. Un esquema que casa mal con una sociedad basada cada vez más en los servicios y el conocimiento.
El filósofo José Antonio Marina en el blog de su proyecto Observatorio de la Innovación Educativa se muestra disconforme: “Este tema no se puede despachar a la ligera. No se puede desprestigiar la respuesta correcta, como hace Robinson. No hay una solución creativa a la tabla de multiplicar, ni se puede mezclar Napoleón con Harry Potter en un relato histórico. Tampoco se puede ensalzar tanto el pensamiento divergente que se anule el pensamiento convergente”.
“La escuela fagocita la creatividad si tiene un punto de vista tradicional y se aplica la metodología de siempre. Pero sí que hay profesores que saben desarrollarla”, opina Beatriz Valderrama, autora de Creatividad inteligente: guía del emprendedor(Pearson, 2012). “Es bueno ir a la escuela infantil. Tiene grandes beneficios cognitivos y sociales. Estar con otros niños les despierta la inteligencia emocional. Conocen otros mundos, aprenden a compartir y desarrollan capacidades motrices”. Algunos informes muestran que la escolarización temprana mejora el rendimiento académico, pero los principales factores determinantes del éxito escolar siguen siendo el origen social y el nivel formativo de los padres.
La Enciclopedia de malos alumnos y rebeldes que llegaron a genios, de Jean-Bernard Pouy, Serge Bloch y Anne Blanchard, pasma con un listado de personalidades que, curiosamente, solo incluye un nombre femenino, Agatha Christie, la reina de la novela negra. El físico Stephen Hawking no aprendió a leer hasta los ocho años; Evariste Galois, padre del álgebra moderna, no pasó dos veces la prueba de acceso a la Escuela Politécnica de París; de John Gurdon, reciente premio Nobel de Medicina, la elitista escuela Eton escribió “no tiene posibilidad de estudiar una especialidad. Sería una perdida de tiempo para él y para los que deberían enseñarle”; Thomas Edison, inventor de la bombilla eléctrica que obtuvo más de 1.000 patentes, estudió en casa con su madre porque fue expulsado del colegio... La lista es interminable: pintores (Dalí, Picasso, Cezanne, Leonardo), escritores (Dumas, Balzac), músicos (Verdi, Debussy) o mandatarios (Napoleón, Churchill). Y no faltan genios contemporáneos —demostrando que al menos en las últimas décadas el sistema ha fallado— como Larry Ellison, Bill Gates y Steve Jobs.
El niño convive de forma progresiva con el mundo desde que empieza a comer y dormir, y estas primeras etapas tempranas son especialmente arriesgadas, pioneras y prometedoras. Es lo que el psicoanalista Sigmund Freud llamaba “inteligencia radiante”. Mientras que Goethe, en la misma línea, aseguró en su obra Poesía y verdad: “Si los niños continuaran creciendo con la misma fuerza, contaríamos con cientos de genios”.
Las maestras de infantil Arantza de las Heras y Rosa Fernández se dieron cuenta en cuanto empezaron a ejercer de que “perdían” algunos niños cuando se les obligaba a sentarse a hacer fichas y seguir un libro con tres años. Así que en las aulas del colegio público Aldebarán en Tres Cantos (Madrid) los alumnos de cinco años desarrollan su creatividad cada uno a su ritmo. Cada mañana se reúnen en asamblea y deciden qué quieren hacer, y las maestras encauzan sus deseos. “No se trata de decir: haz lo que quieras. Le planteas preguntas y luego él opta por lo que quiere hacer”. Sin olvidar que a través del conocimiento del sistema solar se puede introducir lógica matemática o lectoescritura.
Montse Julià, directora del centro Montessori-Palau (Girona), cree a pies juntillas la teoría de Robinson. “El niño no puede estar sometido a una rutina de asignaturas en un colegio en el que solo se le enseña a obedecer unas órdenes”. Por eso en las enseñanzas infantil y primaria de su colegio cada uno va por libre —“el tiempo es fundamental para que las ideas fluyan”— y se juntan en el mismo aula niños de tres a cinco años y de seis a ocho. “Así juegan tres papeles. El de pequeño, que tiene como referente al mayor; el de mediano, y el grande, que consolida lo aprendido”.
El maestro del método Montessori planifica algo nuevo cada dos días, y cada cual decide si va a hacer sumas, leer o aprender ortografía. “Solo hay un horario para el comedor y para clases especiales: educación física, violín..., cuenta Julià. “Es muy positivo. Los fundadores de Google cuentan en un vídeo que si han sido innovadores porque con Montessori tuvieron flexibilidad en el aula, espacio para pensar”.
Pensar con los dos lados del cerebro. El lado izquierdo resuelve los problemas algorítmicos, que son aquellos con una solución fija (una resta, por ejemplo) porque se solucionan aplicando una regla. Y el derecho, se preocupa de los problemas heurísticos, cuya respuesta hay que inventarla porque no hay a qué agarrarse. En este lado se concentra nuestra creatividad, fantasía o expresión de las emociones (ver gráfico).
Asesine o no la escuela, lo que está claro es que el papel que juegue el maestro es de vital importancia. Caroline Sharp en su artículo Desarrollando la creatividad infantil: ¿qué podemos aprender de la investigación? sostiene que “tolerar la ambigüedad, plantear preguntas con distintas respuestas, animar a la experimentación y a la persistencia y felicitar al niño ante una contestación inesperada”. Todo eso sin perder de vista que el alumno tiene además que “aprender a juzgar cuándo es apropiado divergir y cuando debe mostrarse de acuerdo”.
Son las diez de la mañana y los alumnos del Aldebarán eligen el color de su cartulina. En ella pegan su retrato preferido y decoran la hoja a su gusto. De casa han traído botones, trozos de tela, poliespan, pegatinas... y el resultado es asombroso. Paula titula Sorpresa y solapa su foto con su retrato dibujado; Darío cambia la O de su nombre por un botón; Alicia, que ha optado por un cartón mucho más grande, homenajea a su gata Amaya con una delicadeza que muchos quisieran... De fondo suena Nena da Conte, la música favorita del alumno de la semana. Bailan un poco y siguen con su tarea, salvo uno de los niños que no quiere hacer nada y la profesora le permite que se recueste en el suelo. Ellas opinan que es fundamental la implicación de las familias. Cada viernes —son dos clases de 14 niños— los padres de un alumno comparten con el resto alguna afición de su hijo. Por ejemplo, pintan galletas con ellos.
La pregunta que se plantean los expertos es: ¿cuándo los niños empiezan a perder el asombro y las ganas de aprender que les hace creativos? Coinciden en que esto sucede hacia los seis años. Lo que no parece tener respuesta clara es si esto ocurre por mera madurez o por las convenciones sociales impuestas en el aula.
Desarrollar su inteligencia emocional es tan importante como su faceta creativa. Por eso en Tres Cantos tienen colgados en la puerta carteles de cinco estados de ánimo. Cada mañana expresan sus emociones, que cambian a lo largo de la jornada, colocando su nombre debajo de un estado. No falla, después del recreo varios muestran su enfado.
Es indiscutible que la infancia es la mejor edad para aprender a aprender y para sentar las bases de la cooperación y la resolución de problemas, pero hay quien ha empezado a poner en duda que sea la etapa de la vida más creativa. Mark Brackett, director del Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale,lo planteaba hace unos días: “Hay también informes que dicen que la creatividad crece cuando eres adulto porque te conoces mejor a ti mismo, a tus emociones”.
El Centro de Inteligencia Emocional nace ahora de la colaboración de la prestigiosa universidad y la Fundación Botín, que abrirán en Santander un centro de arte que aspira a ser referencia mundial. Juntos estudiarán cómo canalizar la creatividad a través de las artes, convencidos de la necesidad de contar con una ciudadanía creativa no solo por su bienestar individual, sino para potenciar el desarrollo social y económico del país. Aprovechar ideas que surgen como respuesta a un sentimiento artístico. “Aunque sean negativas. Como la célebre frase de Woody Allen saliendo de la ópera: ‘Cuando escucho a Wagner más de media hora me entran ganas de invadir Polonia”, ironiza Brackett.
“Yo siempre he tenido clara la importancia de la creatividad, pero mucha gente no. Quizá desde que llegó la crisis y se empezó a hablar de emprendimiento la cosa cambió y hay más interés por la capacidad de crear”, argumenta Íñigo Sáenz de Miera, director general de la Fundación Botín, que pone en marcha cada curso talleres creativos en 80 colegios.
“La creatividad es una forma de mirar y resolver los problemas de la vida. Hay que cambiar la actitud. Sirve para todo en la vida: para solventar conflictos, innovar, relacionarse mejor”, anima Valderrama que trabaja esta faceta en un máster de Educación Secundaria para futuros maestros. Ella observa cómo estos estudiantes desconfían de tener capacidades creativas y trata de estimularlos para que venzan esa barrera. “La creatividad es no es un talento innato. Hay que exponerse a estímulos creativos que no sean de las áreas habituales —películas y libros de otros géneros—, pararse a pensar, cuestionarse las cosas. Balzac decía: no existe gran talento sin gran voluntad. Y tenía razón. Parece magia, que un día a un inventor se le enciende la bombilla cuando detrás hay muchas horas de trabajo. Se necesita compromiso y pasión”.
Hay otros factores que parecen menores sin serlo. Como el tamaño y la disposición de la clase, el patio o jardín, la calidad del equipamiento y los materiales o el acceso a otros ambientes. “Es bueno que las aulas sean grandes para que el niño de un vistazo vea todos los materiales con los que puede aprender sin tener que recordar. Y los niños no están todo el día sentados. A veces se sientan en el suelo y hay que respetar su espacio”, sostiene Julià.
Creatividad pero con los pies en el suelo. El doctor Frank Emanuel Weinert, que trabaja con niños superdotados, lo describe así: “Kant decía que no se puede llegar a viejo sin haber creado diferentes hábitos a modo de esqueleto. No puede ser que cada día haya que encontrar razones para lavarse los dientes. Eso no lo aguanta la naturaleza humana”.
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/04/05/actualidad/1365175865_448281.html?id_externo_rsoc=FB_CM

UNA TARDE DE LEGULEYOS

Ayer, después de casi un año, volví a ver a un par de amigos, de esos, de los buenos,  con los que uno sabe que puede contar siempre. Que no por buenos dejan de tener “cosillas”, y resulta que  una de esas “cosillas” es, pues, que decidieron estudiar derecho, de aquel que está tan torcido y retorcido en nuestro país. Pero vaya, quizá con gente como ellos algún día se enderece un poco, ¿no?...

Almorzamos gratamente en una pollería del centro que, como todas, se ufanan colocando su chimenea casi en las narices de los comensales, [aún no entiendo qué sentido tiene hacer tal cosa, ¿será que se preocupan de garantizar que allí mismo se están abrasando los pollos, porsiacaso algún comensal descreído los espíe?...] El asunto es que ahí pedimos nuestros tres cuartos con papas, ensalada y las salsas de siempre, para variar. Después de nuestro poco saludable pero sabroso almuerzo y una amena conversación, me invitaron a acompañarlos a una reunioncilla con uno que otro de sus compañeros de universidad, con quienes habían formado un grupo, tratando de emular a los de antaño, aquellos que parieron a nuestros más notables intelectuales, las mentes brillantes, o los de brillos dementes, como se quiera, que es lo mismo.

¡Ajá, reunión con algunos leguleyos! En otras palabras, un puñado de soñadores que discuten huevadas trascendentales, un grupito de esos jóvenes medio intelectuales, o por lo menos que intentan serlo, y que aún creen en nuestro país, de esa gente que todavía sirve, que todavía valora la cultura, pensé.

Entonces asentí a acompañarlos de buena gana porque, además, mis amigos a sabiendas de mi debilidad por la literatura, me promocionaron con vehemencia y ánimo casi frenético al invitado de honor de la tarde, un escritor local del cual había oído algunos no muy afortunados comentarios, y en fin, por qué no ir a husmear por ahí. A ver qué tipo de habas se cuecen en esa olla, me dije.

Ya ahí, ¡guau! ¡Qué tales especímenes!, gente que sin lugar a duda no era normal, unos locos de mierda, de los locos que me encantan, los “de-mentes abiertas”. Había uno en especial, de rostro alargado, trigueño, ojos achinados, saquito (máximo intento de formalidad), ese cabello crecido más de lo usual y el flequillo morboso que se le venía a la frente gracias a una partición muy de lado derecho; era imberbe, obviamente. Sólo faltaban los lentecitos y por Dios que era una especie de versión arequipeña de Jaime Bayly, lo juro.

Éramos siete al empezar la reunión. Ya luego, de a pocos, como a goteo de tubería roída, iban llegando más compañeros de cofradía, hermandad, gremio, o lo que quiera que fuese la tal reunión.

La tarde iba seduciendo con la muerte del sol, allí en un salón viejo y turbio del tercer piso de la facultadísima de derecho, se iniciaba así un legendario alegato de sinrazones importantes.

Los minutos transcurrían a paso de tortuga, la siempre esperada noche aligeraba un poco mi aletargo y de pronto una pregunta me pululaba… ¿qué rayos hago aquí con estos sujetos rayadazos, oyendo discusiones que me interesan un comino? Podría haber convencido a mis amigos de ir al Jakarandá o al Cyrano a tomarnos un par de chelas bien frías, que luego se multiplicarían por diez, pero tuvo que ganar mi complejo de mujer y hacerme venir aquí, hambriento de chisme. ¡Pendeja curiosidad!

Verlos discutir con ahínco acerca de los derechos que tiene cualquier hijo de vecino de ir al circo y de cómo se debe respetar el derecho de un perro a ser libre, me tenían absorto. Estamos en el Perú, donde aún no se cumplen como deberían los derechos de las personas y estos mendrugos discuten porque uno tiene ganas de ir al circo y hay otra, más demente que el anterior, que no quiere que los circos existan… uhm, estos galifardos serán congresistas seguramente, podría apostarlo, pensaba.

Por unos minutos me sentí vilmente estafado… ¿Y “el escritor” dónde rayos estaba? ¿Qué, no pensaba venir? ¿Acaso me había tenido que soplar toda esa charlotada en vano?, me recriminaba en silencio. Y fue entonces que viré el rostro hacia donde estaban mis amigos, lanzándoles la más furiosa de mis miradas; estaba a punto de preguntarles que si el haberme llevado ahí era una especie de venganza por el abandono en el que los había tenido los últimos años, y en ese preciso instante, afortunadamente, llegó un sujeto, apenas lo vi cruzar el umbral supe que era él, “el escritor”, todos los rostros se volvieron a verlo. Era perfecto, lucía un desgastado jean color grafito y zapatillas negras, un polo gris encima del cual llevaba una camisa azul a rayas negras, a medio abotonar, y lo mejor, sin corbata, por eso digo que era perfecto. Llevaba un morral al hombro y tenía un parecido monumental con el pelotero Iniesta, el español.

El recién llegado era el invitado de honor así que tuvieron que posponer la “trascendental discusión”, porque evidentemente lo que iba a decir “el escritor” tenía que ser mucho más interesante, y… aunque no lo fuera, sabía que no iba a  soportarlos mucho más y de no haber sido así, un par de minutos más y, después de increpar a mis amigos, (a quienes obviamente después iba a perdonar) me hubiese puesto en pie, hubiera mandado muy respetuosa y cordialmente a la mierda a los allí presentes, y me hubiera retirado con una socarrona sonrisita de fastidio, vaya que sí. Pero bueno, por esas casualidades oportunas que tiene la vida a veces llegó este hombre, uno de los más curiosos personajes que he tenido la oportunidad de escuchar.

Desde que entró, una rarísima sensación de tranquilidad me invadió, y no soy gay; o bueno, creo no serlo, o no haberlo sido.

Nunca antes lo había visto y de pronto, después del primer escrutinio físico, mi mirada no podía despegarse de sus dedos, de sus manos, eran perfectas, como él. Me sentía absolutamente cojudo, más loca que cualquier maricón del parque del avión, estaba mirando sus manos de una manera absolutamente obsesiva sin poder evitarlo. Y lo peor del caso era que tenía la falsa sensación de que mientras yo miraba casi orgásmicamente sus manos, los leguleyos me veían fijamente a mí, como pensando ¿y éste… será cabro? Pero me interesaba realmente poco, en aquel momento, la opinión que los fulanos me tuvieran.
Afortunadamente, repito, era solo una falsa sensación mía.

“El escritor” tomó la palabra, empezó a plantear su posición respecto a la naturaleza de la creación literaria, dijo que la literatura sólo podía nacer del amor, del amor a un alguien o del amor a un algo, pero del amor al fin y al cabo, y que cuando no había amor las palabras se anulaban y los silencios también. Dijo que parte de su amor huyó con cierta mujer y que entonces ese vacío lo orillaba, en ocasiones, a pensar en la posibilidad de la muerte. Un sujeto que se reconoce vulnerable, es porque tiene seguridad en sí mismo y una personalidad firme.

Luego sacó unas hojas maltrechas de dentro su morral, las puso entre sus manos y comenzó. Los demás lo escuchábamos atentamente mientras él leía con intensa emoción uno de sus relatos, inédito dijo, y que tenía como protagonista a un puto ficho de la ciudad y sus anécdotas nocturnas con los ocasionales clientes de carros también fichos, para que todo haga juego pues.

Mientras él hablaba, yo oía  y continuaba como con la vista hipnotizada por la forma y el movimiento de sus manos, cuando pasaba de una hoja a otra. Esa noche me sentí el protagonista de la historia que “el escritor” leía, me sentí ese puto ficho que deambulaba en las tenues noches arequipeñas con la infaltable chompita roja y que esperaba en los lugares estratégicos,  que se daba el lujo de escoger a sus clientes y que únicamente subía cuando la voz y el rostro de dentro del carro caro le eran atractivos.

Cuando concluyó su lectura, saltaron los aplausos, el amasijo de leguleyos no pudo hacer más que rendirse ante el talento y fue entonces cuando caí en cuenta de que el único que no aplaudía era yo, no porque no quisiera hacerlo sino porque no podía. Estaba bastante ocupado viendo unas manos perfectas y sintiéndome más hombre que nunca.

Fuente: Revista Contranatura.

Datos personales

Mi foto
(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colabora desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Punto en línea (UNAM, México), Buensalvaje (Perú) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" (Ediciones Altazor, 2012) y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). Acaba de aparecer "Bitácora del último de los veleros" (Aletheya, 2016).

Visitantes y lectores

Seguidores