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jueves, 15 de junio de 2017

AREQUIPA IMAGINADA: del 5 al 9 de julio

Entre el 05 y el 09 de julio, Arequipa será la protagonista de la primera edición de Arequipa Imaginada: recorrido de autores peruanos en Arequipa un proyecto del Ministerio de Cultura que forma parte de “Perú Imaginado”, programa de recorridos para escritores en el Perú.
El proyecto que tiene como principal objetivo visibilizar y promocionar el acervo literario de Arequipa, consiste en una residencia de cinco días de ocho escritores peruanos menores de cuarenta años en la que se llevará a cabo un itinerario literario elaborado por los escritores y gestores arequipeños Katherine Medina y Orlando Mazeyra. Los autores invitados en esta primera edición son Lissett Orihuela (Ayacucho), Diego Rojas Acosta (Chimbote), Pavel Ugarte (Cusco), Patrick Pareja (Iquitos), Karina Valcárcel (Lima), Jesús Tadeo Palacios (Piura), Alexander Hilasaca (Puno) y Karina Bocanegra (Trujillo).
Durante su estadía, los autores invitados recorrerán el Centro Histórico (Patrimonio Cultural de la Humanidad) en donde se ubica la tradicional Plaza de San Francisco o los callejones del barrio de San Lázaro; los distritos de Cayma y Yanahuara, con sus calles tradicionales y sus picanterías; el distrito José Luis Bustamante y Rivero en donde se ubica el histórico cementerio general de La Apacheta; y el distrito de Miraflores, entre otros puntos. Así, a través de estos itinerarios, conocerán el acervo literario de esta ciudad cuna e inspiración de Oswaldo Reynoso, Mario Vargas Llosa, Teresa Ruiz Rosas, Carlos Cornejo-Roselló, Rosa Núñez, Yuri Vásquez, entre otros.
Adicionalmente, se organizarán mesas redondas abiertas al público, encuentros en donde los escritores invitados podrán tener contacto con los y las habitantes para dialogar sobre diversos temas, como el papel de las ciudades en la producción literaria, la relación entre literatura y ciudad, literatura y migración, entre otros. Dichos encuentros serán, además, una buena oportunidad para que los escritores intercambien experiencias y dialoguen en torno a la creación literaria en nuestro país.
A partir de estos itinerarios y después del recorrido, los escritores devolverán su visión de Arequipa Literaria en textos de su propia creación, los mismos que luego serán recopilados en un libro, producto literario de este encuentro. En este sentido, otro de los objetivos centrales del evento es estimular la revisión de los aspectos literarios que integran el espíritu de la Ciudad Blanca.
La inauguración del evento será el día miércoles 05 de julio a las 18:00 hrs. en la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa. Las mesas redondas iniciarán ese mismo días y se realizarán en diversos centros culturales de la ciudad a las 19:00 hrs. Tras estas mesas se desarrollarán una serie de lecturas públicas en lugares aledaños. Finalmente, durante la estadía de los escritores se coordinarán reuniones de negocios entre los autores invitados y las editoriales del medio con el fin de promover la bibliodiversidad. 

Para más información, visite la página de “Perú Imaginado: Programa de Recorridos de autores por ciudades peruanas”:  https://www.facebook.com/PeruImaginado/.

domingo, 16 de abril de 2017

¿Qué es un gran libro?

Para mí, un gran libro es aquél que se introduce en mi vida, perdura en ella y la modifica. El primer gran libro que leí fue Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, cuando tendría unos diez años. Todavía recuerdo la emoción con que seguí las proezas de los cuatro amigos en la corte de Ana de Austria y de Richelieu. Estoy seguro que ellas influyeron en mi predilección por el género de aventuras y en mi pasión por la narrativa.
Un requisito indispensable para que un libro me hechice, es que no sea demasiado simple, que exija de mí un esfuerzo intelectual para poder apreciarlo. Eso me ocurrió con las novelas de William Faulkner, a quien creo el novelista moderno más importante. Los primeros libros que leí de él -yo era estudiante- me planteaban muchas dificultades, pues no estaba familiarizado con esas alteraciones del tiempo y el empleo de varios narradores entrecruzados. Cuando entendí esas estructuras novelescas, se me abrió un horizonte y descubrí que esa complejidad no era gratuita sino la misma que tiene la vida humana.
Un gran libro es una especie de amigo fiel al que puedo acudir en busca de ayuda y consejo cuando me hace falta. Por ejemplo, la Correspondencia de Flaubert, en la que uno sigue paso a paso su vida de escritor, los esfuerzos y angustias que le significó cada libro, ha sido para mí muy útil. En sus páginas, que he leído y releído, hallé muchas veces las respuestas para las preguntas que me hacía y el tesón que me faltaba en lo que estaba tratando de escribir.
Finalmente, un gran libro es para mí aquél que me obliga a revisar mis opiniones, que de alguna manera me contradice. Eso me sucedió releyendo El hombre rebelde, de Albert Camus, hace cinco años. En ese entonces, pensaba que no había más remedio que aceptar, en ciertas circunstancias en la historia, que el fin justifica los medios. El admirable ensayo de Camus sobre la violencia me convenció de que la única moral histórica aceptable es la opuesta: la de que son los medios los que deben justificar los fines.

Mario Vargas Llosa
Lima, 1979

Del libro "Elogio de la educación".

lunes, 6 de marzo de 2017

García Márquez: escribir mucho

-¿Cómo le gustaría morirse?
-No. Si a mí me pusieran a escoger la muerte sencillamente no la escogería. Me niego, rotundamente. Yo la única opción que acepto es la de no morirse. Creo que la única cosa realmente importante que hay es la vida. Lo importante es estar vivo. Y creo que la muerte es una trampa, es una traición, que lo sueltan a uno sin ponerle la condición. (...) Para mí es muy serio el hecho de que esto se acabe y prácticamente sin participación de uno, sino cuando llega. Creo que es injusto.

-¿Y qué podemos hacer por evitarlo?

-Escribir mucho.


sábado, 4 de marzo de 2017

La buena escuela no asfixia la creatividad

Todos tenemos una faceta imaginativa que despierta en la infancia y va apagándose con los años. Algunos expertos creen que las reglas escolares castran, otros subrayan sus beneficios sociales y cognitivos.


Escribe: Elia Silió.

Tendemos a ver la creatividad como algo chic y elitista, solo al alcance de unos pocos privilegiados. Así lo interpretó en 1999 el psicólogo social Howard Gardneren Inteligencia reestructurada: múltiples inteligencias para el siglo XXI. Sin embargo, con los años se va imponiendo la visión democrática de Ken Robinson,convertido en todo un gurú para un séquito de pedagogos. En opinión de este educador y conferenciante de masas, “todo el mundo es capaz de tener éxito en algún área si se dan las condiciones precisas y se ha adquirido un conocimiento relevante y unas habilidades”. Hasta ahí todos satisfechos. El problema llega ahora. Según este británico, la escuela mata esta creatividad que no tiene por qué ser artística, como solemos imaginar, sino científica o social.
Según Robinson, al profesor solo le interesa que se conteste lo que está en los contenidos del temario, lo que provoca la frustración de aquellos niños que son más arriesgados y a los que les gusta improvisar. Eso provoca que cada vez se atrevan menos a pensar de manera diferente por miedo a equivocarse. Tienen un comportamiento más rígido y convergente. Todo ello, en opinión del pedagogo, tiene su origen en una escuela anacrónica concebida durante la revolución industrial pensando en la producción en cadena. Un esquema que casa mal con una sociedad basada cada vez más en los servicios y el conocimiento.
El filósofo José Antonio Marina en el blog de su proyecto Observatorio de la Innovación Educativa se muestra disconforme: “Este tema no se puede despachar a la ligera. No se puede desprestigiar la respuesta correcta, como hace Robinson. No hay una solución creativa a la tabla de multiplicar, ni se puede mezclar Napoleón con Harry Potter en un relato histórico. Tampoco se puede ensalzar tanto el pensamiento divergente que se anule el pensamiento convergente”.
“La escuela fagocita la creatividad si tiene un punto de vista tradicional y se aplica la metodología de siempre. Pero sí que hay profesores que saben desarrollarla”, opina Beatriz Valderrama, autora de Creatividad inteligente: guía del emprendedor(Pearson, 2012). “Es bueno ir a la escuela infantil. Tiene grandes beneficios cognitivos y sociales. Estar con otros niños les despierta la inteligencia emocional. Conocen otros mundos, aprenden a compartir y desarrollan capacidades motrices”. Algunos informes muestran que la escolarización temprana mejora el rendimiento académico, pero los principales factores determinantes del éxito escolar siguen siendo el origen social y el nivel formativo de los padres.
La Enciclopedia de malos alumnos y rebeldes que llegaron a genios, de Jean-Bernard Pouy, Serge Bloch y Anne Blanchard, pasma con un listado de personalidades que, curiosamente, solo incluye un nombre femenino, Agatha Christie, la reina de la novela negra. El físico Stephen Hawking no aprendió a leer hasta los ocho años; Evariste Galois, padre del álgebra moderna, no pasó dos veces la prueba de acceso a la Escuela Politécnica de París; de John Gurdon, reciente premio Nobel de Medicina, la elitista escuela Eton escribió “no tiene posibilidad de estudiar una especialidad. Sería una perdida de tiempo para él y para los que deberían enseñarle”; Thomas Edison, inventor de la bombilla eléctrica que obtuvo más de 1.000 patentes, estudió en casa con su madre porque fue expulsado del colegio... La lista es interminable: pintores (Dalí, Picasso, Cezanne, Leonardo), escritores (Dumas, Balzac), músicos (Verdi, Debussy) o mandatarios (Napoleón, Churchill). Y no faltan genios contemporáneos —demostrando que al menos en las últimas décadas el sistema ha fallado— como Larry Ellison, Bill Gates y Steve Jobs.
El niño convive de forma progresiva con el mundo desde que empieza a comer y dormir, y estas primeras etapas tempranas son especialmente arriesgadas, pioneras y prometedoras. Es lo que el psicoanalista Sigmund Freud llamaba “inteligencia radiante”. Mientras que Goethe, en la misma línea, aseguró en su obra Poesía y verdad: “Si los niños continuaran creciendo con la misma fuerza, contaríamos con cientos de genios”.
Las maestras de infantil Arantza de las Heras y Rosa Fernández se dieron cuenta en cuanto empezaron a ejercer de que “perdían” algunos niños cuando se les obligaba a sentarse a hacer fichas y seguir un libro con tres años. Así que en las aulas del colegio público Aldebarán en Tres Cantos (Madrid) los alumnos de cinco años desarrollan su creatividad cada uno a su ritmo. Cada mañana se reúnen en asamblea y deciden qué quieren hacer, y las maestras encauzan sus deseos. “No se trata de decir: haz lo que quieras. Le planteas preguntas y luego él opta por lo que quiere hacer”. Sin olvidar que a través del conocimiento del sistema solar se puede introducir lógica matemática o lectoescritura.
Montse Julià, directora del centro Montessori-Palau (Girona), cree a pies juntillas la teoría de Robinson. “El niño no puede estar sometido a una rutina de asignaturas en un colegio en el que solo se le enseña a obedecer unas órdenes”. Por eso en las enseñanzas infantil y primaria de su colegio cada uno va por libre —“el tiempo es fundamental para que las ideas fluyan”— y se juntan en el mismo aula niños de tres a cinco años y de seis a ocho. “Así juegan tres papeles. El de pequeño, que tiene como referente al mayor; el de mediano, y el grande, que consolida lo aprendido”.
El maestro del método Montessori planifica algo nuevo cada dos días, y cada cual decide si va a hacer sumas, leer o aprender ortografía. “Solo hay un horario para el comedor y para clases especiales: educación física, violín..., cuenta Julià. “Es muy positivo. Los fundadores de Google cuentan en un vídeo que si han sido innovadores porque con Montessori tuvieron flexibilidad en el aula, espacio para pensar”.
Pensar con los dos lados del cerebro. El lado izquierdo resuelve los problemas algorítmicos, que son aquellos con una solución fija (una resta, por ejemplo) porque se solucionan aplicando una regla. Y el derecho, se preocupa de los problemas heurísticos, cuya respuesta hay que inventarla porque no hay a qué agarrarse. En este lado se concentra nuestra creatividad, fantasía o expresión de las emociones (ver gráfico).
Asesine o no la escuela, lo que está claro es que el papel que juegue el maestro es de vital importancia. Caroline Sharp en su artículo Desarrollando la creatividad infantil: ¿qué podemos aprender de la investigación? sostiene que “tolerar la ambigüedad, plantear preguntas con distintas respuestas, animar a la experimentación y a la persistencia y felicitar al niño ante una contestación inesperada”. Todo eso sin perder de vista que el alumno tiene además que “aprender a juzgar cuándo es apropiado divergir y cuando debe mostrarse de acuerdo”.
Son las diez de la mañana y los alumnos del Aldebarán eligen el color de su cartulina. En ella pegan su retrato preferido y decoran la hoja a su gusto. De casa han traído botones, trozos de tela, poliespan, pegatinas... y el resultado es asombroso. Paula titula Sorpresa y solapa su foto con su retrato dibujado; Darío cambia la O de su nombre por un botón; Alicia, que ha optado por un cartón mucho más grande, homenajea a su gata Amaya con una delicadeza que muchos quisieran... De fondo suena Nena da Conte, la música favorita del alumno de la semana. Bailan un poco y siguen con su tarea, salvo uno de los niños que no quiere hacer nada y la profesora le permite que se recueste en el suelo. Ellas opinan que es fundamental la implicación de las familias. Cada viernes —son dos clases de 14 niños— los padres de un alumno comparten con el resto alguna afición de su hijo. Por ejemplo, pintan galletas con ellos.
La pregunta que se plantean los expertos es: ¿cuándo los niños empiezan a perder el asombro y las ganas de aprender que les hace creativos? Coinciden en que esto sucede hacia los seis años. Lo que no parece tener respuesta clara es si esto ocurre por mera madurez o por las convenciones sociales impuestas en el aula.
Desarrollar su inteligencia emocional es tan importante como su faceta creativa. Por eso en Tres Cantos tienen colgados en la puerta carteles de cinco estados de ánimo. Cada mañana expresan sus emociones, que cambian a lo largo de la jornada, colocando su nombre debajo de un estado. No falla, después del recreo varios muestran su enfado.
Es indiscutible que la infancia es la mejor edad para aprender a aprender y para sentar las bases de la cooperación y la resolución de problemas, pero hay quien ha empezado a poner en duda que sea la etapa de la vida más creativa. Mark Brackett, director del Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale,lo planteaba hace unos días: “Hay también informes que dicen que la creatividad crece cuando eres adulto porque te conoces mejor a ti mismo, a tus emociones”.
El Centro de Inteligencia Emocional nace ahora de la colaboración de la prestigiosa universidad y la Fundación Botín, que abrirán en Santander un centro de arte que aspira a ser referencia mundial. Juntos estudiarán cómo canalizar la creatividad a través de las artes, convencidos de la necesidad de contar con una ciudadanía creativa no solo por su bienestar individual, sino para potenciar el desarrollo social y económico del país. Aprovechar ideas que surgen como respuesta a un sentimiento artístico. “Aunque sean negativas. Como la célebre frase de Woody Allen saliendo de la ópera: ‘Cuando escucho a Wagner más de media hora me entran ganas de invadir Polonia”, ironiza Brackett.
“Yo siempre he tenido clara la importancia de la creatividad, pero mucha gente no. Quizá desde que llegó la crisis y se empezó a hablar de emprendimiento la cosa cambió y hay más interés por la capacidad de crear”, argumenta Íñigo Sáenz de Miera, director general de la Fundación Botín, que pone en marcha cada curso talleres creativos en 80 colegios.
“La creatividad es una forma de mirar y resolver los problemas de la vida. Hay que cambiar la actitud. Sirve para todo en la vida: para solventar conflictos, innovar, relacionarse mejor”, anima Valderrama que trabaja esta faceta en un máster de Educación Secundaria para futuros maestros. Ella observa cómo estos estudiantes desconfían de tener capacidades creativas y trata de estimularlos para que venzan esa barrera. “La creatividad es no es un talento innato. Hay que exponerse a estímulos creativos que no sean de las áreas habituales —películas y libros de otros géneros—, pararse a pensar, cuestionarse las cosas. Balzac decía: no existe gran talento sin gran voluntad. Y tenía razón. Parece magia, que un día a un inventor se le enciende la bombilla cuando detrás hay muchas horas de trabajo. Se necesita compromiso y pasión”.
Hay otros factores que parecen menores sin serlo. Como el tamaño y la disposición de la clase, el patio o jardín, la calidad del equipamiento y los materiales o el acceso a otros ambientes. “Es bueno que las aulas sean grandes para que el niño de un vistazo vea todos los materiales con los que puede aprender sin tener que recordar. Y los niños no están todo el día sentados. A veces se sientan en el suelo y hay que respetar su espacio”, sostiene Julià.
Creatividad pero con los pies en el suelo. El doctor Frank Emanuel Weinert, que trabaja con niños superdotados, lo describe así: “Kant decía que no se puede llegar a viejo sin haber creado diferentes hábitos a modo de esqueleto. No puede ser que cada día haya que encontrar razones para lavarse los dientes. Eso no lo aguanta la naturaleza humana”.
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/04/05/actualidad/1365175865_448281.html?id_externo_rsoc=FB_CM

UNA TARDE DE LEGULEYOS

Ayer, después de casi un año, volví a ver a un par de amigos, de esos, de los buenos,  con los que uno sabe que puede contar siempre. Que no por buenos dejan de tener “cosillas”, y resulta que  una de esas “cosillas” es, pues, que decidieron estudiar derecho, de aquel que está tan torcido y retorcido en nuestro país. Pero vaya, quizá con gente como ellos algún día se enderece un poco, ¿no?...

Almorzamos gratamente en una pollería del centro que, como todas, se ufanan colocando su chimenea casi en las narices de los comensales, [aún no entiendo qué sentido tiene hacer tal cosa, ¿será que se preocupan de garantizar que allí mismo se están abrasando los pollos, porsiacaso algún comensal descreído los espíe?...] El asunto es que ahí pedimos nuestros tres cuartos con papas, ensalada y las salsas de siempre, para variar. Después de nuestro poco saludable pero sabroso almuerzo y una amena conversación, me invitaron a acompañarlos a una reunioncilla con uno que otro de sus compañeros de universidad, con quienes habían formado un grupo, tratando de emular a los de antaño, aquellos que parieron a nuestros más notables intelectuales, las mentes brillantes, o los de brillos dementes, como se quiera, que es lo mismo.

¡Ajá, reunión con algunos leguleyos! En otras palabras, un puñado de soñadores que discuten huevadas trascendentales, un grupito de esos jóvenes medio intelectuales, o por lo menos que intentan serlo, y que aún creen en nuestro país, de esa gente que todavía sirve, que todavía valora la cultura, pensé.

Entonces asentí a acompañarlos de buena gana porque, además, mis amigos a sabiendas de mi debilidad por la literatura, me promocionaron con vehemencia y ánimo casi frenético al invitado de honor de la tarde, un escritor local del cual había oído algunos no muy afortunados comentarios, y en fin, por qué no ir a husmear por ahí. A ver qué tipo de habas se cuecen en esa olla, me dije.

Ya ahí, ¡guau! ¡Qué tales especímenes!, gente que sin lugar a duda no era normal, unos locos de mierda, de los locos que me encantan, los “de-mentes abiertas”. Había uno en especial, de rostro alargado, trigueño, ojos achinados, saquito (máximo intento de formalidad), ese cabello crecido más de lo usual y el flequillo morboso que se le venía a la frente gracias a una partición muy de lado derecho; era imberbe, obviamente. Sólo faltaban los lentecitos y por Dios que era una especie de versión arequipeña de Jaime Bayly, lo juro.

Éramos siete al empezar la reunión. Ya luego, de a pocos, como a goteo de tubería roída, iban llegando más compañeros de cofradía, hermandad, gremio, o lo que quiera que fuese la tal reunión.

La tarde iba seduciendo con la muerte del sol, allí en un salón viejo y turbio del tercer piso de la facultadísima de derecho, se iniciaba así un legendario alegato de sinrazones importantes.

Los minutos transcurrían a paso de tortuga, la siempre esperada noche aligeraba un poco mi aletargo y de pronto una pregunta me pululaba… ¿qué rayos hago aquí con estos sujetos rayadazos, oyendo discusiones que me interesan un comino? Podría haber convencido a mis amigos de ir al Jakarandá o al Cyrano a tomarnos un par de chelas bien frías, que luego se multiplicarían por diez, pero tuvo que ganar mi complejo de mujer y hacerme venir aquí, hambriento de chisme. ¡Pendeja curiosidad!

Verlos discutir con ahínco acerca de los derechos que tiene cualquier hijo de vecino de ir al circo y de cómo se debe respetar el derecho de un perro a ser libre, me tenían absorto. Estamos en el Perú, donde aún no se cumplen como deberían los derechos de las personas y estos mendrugos discuten porque uno tiene ganas de ir al circo y hay otra, más demente que el anterior, que no quiere que los circos existan… uhm, estos galifardos serán congresistas seguramente, podría apostarlo, pensaba.

Por unos minutos me sentí vilmente estafado… ¿Y “el escritor” dónde rayos estaba? ¿Qué, no pensaba venir? ¿Acaso me había tenido que soplar toda esa charlotada en vano?, me recriminaba en silencio. Y fue entonces que viré el rostro hacia donde estaban mis amigos, lanzándoles la más furiosa de mis miradas; estaba a punto de preguntarles que si el haberme llevado ahí era una especie de venganza por el abandono en el que los había tenido los últimos años, y en ese preciso instante, afortunadamente, llegó un sujeto, apenas lo vi cruzar el umbral supe que era él, “el escritor”, todos los rostros se volvieron a verlo. Era perfecto, lucía un desgastado jean color grafito y zapatillas negras, un polo gris encima del cual llevaba una camisa azul a rayas negras, a medio abotonar, y lo mejor, sin corbata, por eso digo que era perfecto. Llevaba un morral al hombro y tenía un parecido monumental con el pelotero Iniesta, el español.

El recién llegado era el invitado de honor así que tuvieron que posponer la “trascendental discusión”, porque evidentemente lo que iba a decir “el escritor” tenía que ser mucho más interesante, y… aunque no lo fuera, sabía que no iba a  soportarlos mucho más y de no haber sido así, un par de minutos más y, después de increpar a mis amigos, (a quienes obviamente después iba a perdonar) me hubiese puesto en pie, hubiera mandado muy respetuosa y cordialmente a la mierda a los allí presentes, y me hubiera retirado con una socarrona sonrisita de fastidio, vaya que sí. Pero bueno, por esas casualidades oportunas que tiene la vida a veces llegó este hombre, uno de los más curiosos personajes que he tenido la oportunidad de escuchar.

Desde que entró, una rarísima sensación de tranquilidad me invadió, y no soy gay; o bueno, creo no serlo, o no haberlo sido.

Nunca antes lo había visto y de pronto, después del primer escrutinio físico, mi mirada no podía despegarse de sus dedos, de sus manos, eran perfectas, como él. Me sentía absolutamente cojudo, más loca que cualquier maricón del parque del avión, estaba mirando sus manos de una manera absolutamente obsesiva sin poder evitarlo. Y lo peor del caso era que tenía la falsa sensación de que mientras yo miraba casi orgásmicamente sus manos, los leguleyos me veían fijamente a mí, como pensando ¿y éste… será cabro? Pero me interesaba realmente poco, en aquel momento, la opinión que los fulanos me tuvieran.
Afortunadamente, repito, era solo una falsa sensación mía.

“El escritor” tomó la palabra, empezó a plantear su posición respecto a la naturaleza de la creación literaria, dijo que la literatura sólo podía nacer del amor, del amor a un alguien o del amor a un algo, pero del amor al fin y al cabo, y que cuando no había amor las palabras se anulaban y los silencios también. Dijo que parte de su amor huyó con cierta mujer y que entonces ese vacío lo orillaba, en ocasiones, a pensar en la posibilidad de la muerte. Un sujeto que se reconoce vulnerable, es porque tiene seguridad en sí mismo y una personalidad firme.

Luego sacó unas hojas maltrechas de dentro su morral, las puso entre sus manos y comenzó. Los demás lo escuchábamos atentamente mientras él leía con intensa emoción uno de sus relatos, inédito dijo, y que tenía como protagonista a un puto ficho de la ciudad y sus anécdotas nocturnas con los ocasionales clientes de carros también fichos, para que todo haga juego pues.

Mientras él hablaba, yo oía  y continuaba como con la vista hipnotizada por la forma y el movimiento de sus manos, cuando pasaba de una hoja a otra. Esa noche me sentí el protagonista de la historia que “el escritor” leía, me sentí ese puto ficho que deambulaba en las tenues noches arequipeñas con la infaltable chompita roja y que esperaba en los lugares estratégicos,  que se daba el lujo de escoger a sus clientes y que únicamente subía cuando la voz y el rostro de dentro del carro caro le eran atractivos.

Cuando concluyó su lectura, saltaron los aplausos, el amasijo de leguleyos no pudo hacer más que rendirse ante el talento y fue entonces cuando caí en cuenta de que el único que no aplaudía era yo, no porque no quisiera hacerlo sino porque no podía. Estaba bastante ocupado viendo unas manos perfectas y sintiéndome más hombre que nunca.

Fuente: Revista Contranatura.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Clase




No estoy muy seguro del lugar. Algún sitio al Noroeste de California. Hemingway acababa de terminar una novela, había llegado de Europa o de no sé dónde, y ahora estaba en el ring pegándose con un tipo. Había periodistas, críticos, escritores —bueno, toda esa tribu— y también algunas jóvenes damas sentadas entre las filas de butacas. Me senté en la última fila. La mayor parte de la gente no estaba mirando a Hem. Sólo hablaban entre sí y se reían.
El sol estaba alto. Era a primera hora de la tarde. Yo observaba a Ernie. Tenía atrapado a su hombre, y estaba jugando con él. Se le cruzaba, bailaba, le daba vueltas, lo mareaba. Entonces lo tumbó. La gente miró. Su oponente logró levantarse al contar ocho. Hem se le acercó, se paró delante de él, escupió su protector bucal, soltó una carcajada, y volteó a su oponente de un puñetazo. Era como un asesinato. Ernie se fue hacia su rincón, se sentó. Inclinó la cabeza hacia atrás y alguien vertió agua sobre su boca.
Yo me levanté de mi asiento y bajé caminando despacio por el pasillo central. Llegué al ring, extendí la mano y le di unos golpecitos a Hemingway en el hombro.
—¿Señor Hemingway?
—¿Sí, qué pasa?
—Me gustaría cruzar los guantes con usted.
—¿Tienes alguna experiencia en boxeo?
—No.
—Vete y vuelve cuando hayas aprendido algo.
—Mire, estoy aquí para romperle el culo.
Ernie se rió estrepitosamente. Le dijo al tipo que estaba en el rincón:
—Ponle al chico unos calzones y unos guantes.
El tipo saltó fuera del ring y yo lo seguí hasta los vestuarios.
—¿Estás loco, chico? —me preguntó.
—No sé. Creo que no.
—Toma. Pruébate estos calzones.
—Bueno.
—Oh, oh... Son demasiado grandes.
—A la mierda. Están bien.
—Bueno, deja que te vende las manos.
—Nada de vendas.
—¿Nada de vendas?
—Nada de vendas.
—¿Y qué tal un protector para la boca?
—Nada de protectores.
—¿Y vas a pelear en zapatos?
—Voy a pelear en zapatos.
Encendí un puro y salimos afuera. Bajé tranquilamente hacia el ring fumando mi puro. Hemingway volvió a subir al ring y ellos le colocaron los guantes.
No había nadie en mi rincón. Finalmente alguien vino y me puso unos guantes. Nos llamaron al centro del ring para darnos las instrucciones.
—Ahora, cuando caigas a la lona —me dijo el árbitro— yo...
—No me voy a caer —le dije al árbitro.
Siguieron otras instrucciones.
—Muy bien, vuelvan a sus rincones; y cuando suene la campana, salgan a pelear. Que gane el mejor. Y —se dirigió hacia mí— será mejor que te quites ese puro de la boca.
Cuando sonó la campana salí al centro del ring con el puro todavía en la boca. Me chupé toda una bocanada de humo y se la eché en la cara a Hemingway. La gente rió.
Hem se vino hacia mí, me lanzó dos ganchos cortos, y falló ambos golpes. Mis pies eran rápidos. Bailaba en un continuo vaivén, me movía, entraba, salía, a pequeños saltos, tap tap tap tap tap, cinco veloces golpes de izquierda en la nariz de Papá. Divisé a una chica en la fila frontal de butacas, una cosa muy bonita, me quedé mirándola y entonces Hem me lanzó un directo de derecha que me aplastó el cigarro en la boca. Sentí cómo me quemaba los labios y la mejilla; me sacudí la ceniza, escupí los restos del puro y le pegué un gancho en el estómago a Ernie. Él respondió con un derechazo corto, y me pegó con la izquierda en la oreja. Esquivó mi derecha y con una fuerte volea me lanzó contra las cuerdas. Justo al tiempo de sonar la campana me tumbó son un sólido derechazo a la barbilla. Me levanté y me fui hasta mi rincón.
Un tipo vino con una toalla.
—El señor Hemingway quiere saber si todavía deseas seguir otro asalto.
—Dile al señor Hemingway que tuvo suerte. El humo se me metió en los ojos. Un asalto más es todo lo que necesito para finalizar el asunto.
El tipo con la toalla volvió al otro extremo y pude ver a Hemingway riéndose.
Sonó la campana y salí derecho. Empecé a atacar, no muy fuerte, pero con buenas combinaciones. Ernie retrocedía, fallando sus golpes. Por primera vez pude ver la duda en sus ojos.
¿Quién es este chico?, estaría pensando. Mis golpes eran más rápidos, le pegué más duro. Atacaba con todo mi aliento. Cabeza y cuerpo. Una variedad mixta. Boxeaba como Sugar Ray y pegaba como Dempsey.
Llevé a Hemingway contra las cuerdas. No podía caerse. Cada vez que empezaba a caerse, yo lo enderezaba con un nuevo golpe. Era un asesinato. Muerte en la tarde.
Me eché hacia atrás y el señor Hemingway cayó hacia adelante, sin sentido y ya frío.
Desaté mis guantes con los dientes, me los saqué, y salté fuera del ring. Caminé hacia mi vestuario; es decir, el vestuario del señor Hemingway, y me di una ducha. Bebí una botella de cerveza, encendí un puro y me senté en el borde de la mesa de masajes. Entraron a Ernie y lo tendieron en otra mesa. Seguía sin sentido. Yo estaba allí, sentado, desnudo, observando cómo se preocupaban por Ernie. Había algunas mujeres en la habitación, pero no les presté la menor atención. Entonces se me acercó un tipo.
—¿Quién eres? —me preguntó—. ¿Cómo te llamas?
—Henry Chinaski.
—Nunca he oído hablar de ti —dijo.
—Ya oirás.
Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo. Parecía una dama de la alta sociedad, rica, educada, de todo —bonito cuerpo, bonita cara, bonitas ropas, todas esas cosas—. Y clase, verdaderos rayos de clase.
—¿Qué sueles hacer? —preguntó alguien.
—Follar y beber.
—No, no… quiero decir en qué trabajas.
—Soy friegaplatos.
—¿Friegaplatos?
—Sí.
—¿Tienes alguna afición?
—Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.
—¿Escribes?
—Sí.
—¿Qué escribes?
—Relatos cortos. Son bastante buenos.
—¿Has publicado algo?
—No.
—¿Por qué?
—No lo he intentado.
—¿Dónde están tus historias?
—Allá arriba —señalé una vieja maleta de cartón.
—Escucha, soy un crítico del New York Times. ¿Te importa si me llevo tus relatos a casa y los leo? Te los devolveré.
—Por mí de acuerdo, culo sucio, sólo que no sé dónde voy a estar.
La estrella de clase y alta sociedad se acercó:
—Él estará conmigo.
Luego me dijo:
—Vamos, Henry, vístete. Es un viaje largo y tenemos cosas que... hablar.
Empecé a vestirme y entonces Ernie recobró el sentido.
—¿Qué coño pasó?
—Se encontró con un buen tipo, señor Hemingway —le dijo alguien.
Acabé de vestirme y me acerqué a su mesa.
—Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo —estreché su mano—. No te vueles los sesos.
Me fui con mi estrella de alta sociedad y subimos a un coche amarillo descapotado, de media manzana de largo. Condujo con el acelerador pisado a fondo, tomando las curvas derrapando y chirriando, con el rostro bello e impasible. Eso era clase. Si amaba de igual modo que conducía, iba a ser un infierno de noche.
El sitio estaba en lo alto de las colinas, apartado. Un mayordomo abrió la puerta.
—George —le dijo—. Tómate la noche libre. O, mejor pensado, tómate la semana libre.
Entramos y había un tipo enorme sentado en una silla, con un vaso de alcohol en la mano.
—Tommy —dijo ella—, desaparece.
Fuimos introduciéndonos por los distintos sectores de la casa.
—¿Quién era ese grandulón?
—Thomas Wolfe —dijo ella—. Un coñazo.
Hizo una parada en la cocina para coger una botella de bourbon y dos vasos.
Entonces dijo:
—Vamos.
La seguí hasta el dormitorio.
A la mañana siguiente nos despertó el teléfono. Era para mí. Ella me alcanzó el auricular y yo me incorporé en la cama.
—¿Señor Chinaski?
—¿Sí?
—Leí sus historias. Estaba tan excitado que no he podido dormir en toda la noche. ¡Es usted seguramente el mayor genio de la década!
—¿Sólo de la década?
—Bueno, tal vez del siglo.
—Eso está mejor.
—Los editores de Harperis y Atlantic están ahora aquí conmigo. Puede que no se lo crea, pero cada uno ha aceptado cinco historias para su futura publicación.
—Me lo creo —dije.
El crítico colgó. Me tumbé. La estrella y yo hicimos otra vez el amor.

Charles Bukowski





martes, 14 de abril de 2015

La recensión

Una recensión es dos cosas:
1.      un resumen y
2.      una valoración personal de una obra cultural, literaria o artística. No es un proceso fácil: debes fijarte atentamente en lo que estás leyendo y no perder el hilo del libro. 
Sirve para:
a.       Profundizar en la lectura de un libro y aprender de él.
b.      Conservar un escrito con el argumento y la impresión que te causó un libro leído tiempo atrás.

Ingredientes de una recensión:
1.     Presentación. En primer lugar, los datos del libro cuya finalidad no es otra que tener su "carnet de identidad": autor (de quién es hijo), editorial (dirección), fecha y lugar de publicación (fecha y lugar de nacimiento) y número de páginas. Una vez que sabemos de qué vamos a hablar, es necesario enmarcar la obra en la trayectoria profesional de su "padre" con unas breves pinceladas biográficas que nos darán una idea de sus intereses y prestigio, lo que nos ayudará a valorar la obra y su contenido.
2.      Resumen del contenido del libro destinado a dar noticia de él. En el siguiente punto desarrollaremos este apartado.
3.      Valoración crítica orientada a examinar la obra (no al autor). Destacar los aspectos positivos y negativos si los hubiera.

Ejercicios: Hacer un recensión del libro Los inocentes de Oswaldo Reynoso.

jueves, 9 de abril de 2015

El oficio de escribir según Gabriel García Márquez

Fotografía:EFE. La imagen es de febrero de 1970, fue tomada en Barcelona, España.
El oficio del escritor (del real escritor) es muy complejo. Se escribe por disciplina, se escribe por necesidad, se escribe porque sí, se escribe para sumar unos pesos a la cuenta. Gabriel García Márquez lo explicó muy bien en Desventuras de un escritor de libros


Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro, se pregunten cuántas horas horas de angustias y de calamidades domésticas, les han costado al autor esas doscientas páginas y cuánto ha recibido por su trabajo. Para terminar pronto, conviene decir a quien no lo sepa, que el escritor se gana solamente el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la librería.
De modo que el lector que compró un libro de veinte pesos sólo contribuyó con dos pesos a la subsistencia del escritor. El resto se lo llevaron los editores, que corrieron el riesgo de imprimirlo, y luego los distribuidores y los libreros.
Esto parecerá todavía más injusto, cuando se piense que los mejores escritores son los que suelen escribir menos y fumar más, y es por tanto normal que necesitan por lo menos dos años y veintinueve mil doscientos cigarrillos para escribir un libro de doscientas páginas. Lo que quiere decir, en buena aritmética que nada más en lo que se fuman se gastan una suma superior a la que van a recibir por el libro.
Por algo, me decía un amigo escritor "todos los editores, distribuidores y libreros son ricos y todos los escritores somos pobres".
El problema es más crítico en los países subdesarrollados, donde el comercio de libros es menos intenso, pero no exclusivo de ellos. En los Estados Unidos que es el paraíso de los escritores de éxito por cada autor que se vuelve rico de la noche a la mañana con la lotería de las ediciones de bolsillo, hay centenares de escritores aceptables condenados a cadena perpetua bajo la gota helada del diez por ciento.
El último caso espectacular  de enriquecimiento con causa en los Estados Unidos, es el del novelista Truman Capote con su libro In Cold Blood (A sangre fría), que en las primeras semanas le produjo medio millón de dólares en regalías, y una cantidad similar por los derechos para el cine.
En cambio Albert Camus, que seguirá en las librerías cuando ya nadie se acuerde del estupendo Truman Capote, vivía de escribir argumentos cinematográficos con seudónimo, para poder seguir escribiendo sus libros.
El premio Nobel que recibió pocos años antes de morir, apenas fue un desahogo momentáneo para sus calamidades domésticas acarrea consigo solamente lo que significa un alivio de unos cuarenta mil dólares más o menos, lo que en estos tiempos cuesta una casa con un jardín para los niños.
Mejor aunque involuntario, fue el negocio que hizo Jean Paul Sartre al rechazarlo, pues con su actitud ganó un justo y merecido prestigio de independencia, que aumentó la demanda de sus libros.
Muchos escritores añoran al antiguo mecenas rico y generoso señor que mantenía a los artistas para que trabajaran a gusto. Aunque con otra cara, los mecenas existen. Hay grandes consorcios financieros que a veces por pagar menos impuestos, otras veces por disipar la imagen de tiburones que se ha formado de ellos la opinión pública, y no muchas veces por tranquilizar sus conciencias, destinan sumas considerables a patrocinar el trabajo de los artistas.
Pero los escritores somos gentes a quienes nos gusta hacer lo que nos da la gana, y sospechamos, acaso sin fundamento que el patrocinador compromete la independencia de pensamiento y expresión, y origina compromisos indeseables.
En mi caso, prefiero escribir sin subsidios de ninguna índole, no sólo porque padezco de un estupendo delirio de persecución sino porque cuando empiezo a escribir ignoro por completo con quien estaré de acuerdo al terminar.
Sería injusto que a la postre estuviera en desacuerdo con la ideología del patrocinador, cosa muy probable en virtud del conflictivo espíritu de contradicción de los escritores así, como sería completamente inmoral que por casualidad estuviera de acuerdo.
El sistema de patrocinio, típico de la vocación paternalista del capitalismo parece sea una réplica a la oferta socialista de considerar al escritor como un trabajador a sueldo del Estado.
En principio la solución socialista es la correcta, porque libera al escritor de la explotación de los intermediarios. Pero en la práctica hasta ahora y quien sabe por cuanto tiempo, el sistema ha dado origen a riesgos más graves que las injusticias que ha pretendido corregir.
El reciente caso de dos pésimos escritores soviéticos que han sido condenados a trabajos forzados en Siberia, no por escribir mal sino por estar en desacuerdo con el patrocinador, demuestra hasta qué punto puede ser peligroso el oficio de escribir bajo un régimen sin la suficiente madurez, para admitir la verdad eterna de que los escritores somos unos fascinerosos a quienes los corsés doctrinarios, y hasta las disposiciones legales, nos aprieta más que los zapatos.
Personalmente,  creo que el escritor, como tal, no tiene otra obligación revolucionaria que la de escribir bien. Su inconformismo, bajo cualquier régimen, es una condición esencial que no tiene remedio, porque un escritor conformista muy probablemente es un bandido, y con seguridad es un mal escritor.
Después de esta triste revisión [...] resulta elemental preguntarse por qué escribimos los escritores. La puesta, por fuerza, es tanto más melodramática  cuanto más sincera. Se es escritor, simplemente como se es judío o se es negro. El éxito es alentador, el favor de los lectores es estimulante, pero estas son ganancias suplementarias, porque un buen escritor seguirá escribiendo de todas maneras aún con los zapatos rotos, y aunque sus libros no se vendan.
Es una especie de deformación que explica muy bien la barbaridad social de que tanto hombres y mujeres se hayan suicidado de hambre, por hacer, algo que al fin y al cabo, y hablando completamente en serio, no sirve para nada.

Fragmento de Desventuras de un escritor de libros
Texto de julio de 1966, escrito en México y luego cedido al Magazín Dominical del diario El Espectador.

martes, 15 de octubre de 2013

El gran Fitzgerald


Por Fernando Ampuero*

La gran mayoría de escritores, por si no lo saben, pertenece a una especie benigna de esquizofrénicos. En cada escritor, digamos, hay dos personas: el autor propiamente dicho, que existe gracias al acto de escribir, y el sujeto que luego lee o evoca lo que ha escrito (vale decir, una persona común y corriente, aunque con una eventual hipertrofia de la autoestima). Francis Scott Fitzgerald, por cierto, fue uno de estos locos lindos. 

Fitzgerald creí­a, como Simenon, que la literatura no era una profesión, sino una vocación de infelicidad. Escribí­a, sin duda, para desnudar su alma, y, en esa franca impudicia, para embarcar a sus lectores en una visita guiada al nido de todos sus fracasos. Más claro: querí­a ser un romántico, pero a la vez un autor moderno. Y de hecho lo logró. El gran Gatsby (1925), novela que supo reflejar en la primera hora el sueño americano, retomó uno de los personajes más interesantes de la literatura universal: el advenedizo, el parvenu, el arribista social. Jay Gatsby es el misterioso, elegante y gangsteril heredero del Barry Lyndon de Thackeray, del Julien Sorel de Stendhal, del George Du Roy de Guy de Maupassant. Gatsby no esconde el retrato de Napoleón bajo la almohada, como Julien Sorel, sino que desea deslumbrar con sus riquezas malhabidas a la bella y frívola Daisy Miller. Pero no hay vanidad en ese gesto. Hay amor, del verdadero, del que trastorna para siempre. Gatsby había conocido a Daisy algunos años atrás, en los días previos a la Primera Gran Guerra, cuando él era un chico pobre que tenía por toda credencial el uniforme militar que lo hací­a más apuesto. La guerra, y las diferencias sociales, los separaron. Pero Gatsby hizo fortuna y volvió, compró un palacio en el West Egg (el balneario chic de Long Island, New York) y conoció a su vecino, Nick Carraway, el primo de Daisy y el perspicaz testigo-narrador del romance, de la infatigable ilusión y la espera, de las fiestas espléndidas.

Nick es la simpatía andando, la sensibilidad, el mago que organiza el relato y consigue que este melodrama de tres por cuatro se convierta en una obra magistral. Nick, hombre discreto, es parte de los ricos, pero desprecia su idiotez y su superficialidad. Nick, por último, se conmueve con Gatsby, tan pronto descubre que, como tantos advenedizos, cifra en la ostentación "la concepción platónica de sí mismo" y la esperanza del amor. 

Esta novela, como se sabe, llegó gorda de páginas a las manos de Max Perkins, el editor de Fitzgerald, y entró en la imprenta igual de sustanciosa, pero mucho más ligera y esbelta. A pesar de la buena recepción crí­tica que tuvo la obra -T.S.Eliot y Edmund Wilson la saludaron con enorme entusiasmo-, tardó déadas en imponerse como una de las novelas capitales en EE.UU, encabezando por medio siglo todas las listas de preferencias. Acusan a Fitzgerald de ser excesivamente literario.

Yo discrepo con ese punto de vista. Lo literario por lo general es un abuso de los adverbios y los adjetivos que doran la pí­ldora. Fitzgerald, un artista de la palabra, diseña personajes perfectos, cuaja frases maravillosas y rara vez pierde el equilibrio. Y si a veces parece que cayera en cursilerí­as, la suya es una caída brillante, la pifia lujosa que acompaña a las grandes pasiones.


* Viaje de ida (Ensayos/Notas/Prosas), páginas 13 y 14.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sobre escribir en primera persona

Por Ernest Hemingway

Cuando empiezas a escribir en primera persona, si las historias resultan tan reales que la gente se las cree, los lectores pensarán casi siempre que esas historias te sucedieron de verdad. Y es natural porque, al inventarlas, hiciste que le sucedieran a la persona que las contaba. Si lo logras, consigues que el lector crea que estos hechos le sucedieron también a él. Y si eres capaz de hacerlo, empiezas a conseguir lo que pretendías, que es construir algo que se convertirá en parte de la experiencia del lector y en parte de su memoria. Habrá cosas que no notó al leer la historia o la novela, pero que, sin que se dé cuenta, penetrarán su memoria y su experiencia, de modo que pasarán a formar parte de su vida. Conseguirlo no es sencillo.
Aunque no sea sencillo, lo que sí es casi siempre posible para los miembros de la escuela de detectives privados de crítica literaria es demostrar que el escritor de ficción que escribe en primera persona seguramente no ha hecho todo lo que ha hecho el narrador, o tal vez, nada. La importancia que puede tener o lo que puede demostrar, más allá de que el escritor no carece de imaginación o de inventiva, es algo que no he entendido jamás. 
En los primeros tiempos en París, solía inventarme hechos no sólo a partir de mi propia experiencia, sino de las experiencias y el conocimiento que tenía de mis amigos y de la gente que conocía o que me habían presentado y recordara, que no fueran escritores. Siempre tuve la suerte de que mis mejores amigos no fueran escritores y de haber conocido a mucha gente inteligente que sabía expresarse muy bien. En Italia, cuando estuve allí durante la guerra, por algo que hubiera visto o me hubiera sucedido a mí, descubrí cientos y cientos de cosas que le habían sucedido a otra gente que había vivido la guerra en todas sus fases. Mis pequeñas experiencias me sirvieron de guía para saber si las historias eran verdaderas o falsas, y resultar herido fue un santo y seña. Después de la guerra pasé mucho tiempo en 19th Ward y otros barrios italianos de Chicago con un amigo italiano al que había conocido en el hospital de Milán. Entonces era un joven oficial y había resultado herido de gravedad en varias ocasiones. Había ido desde Seattle, creo, a Italia para visitar a su familia, y cuando Italia entró en guerra se ofreció como voluntario. Éramos muy buenos amigos y él era un narrador excepcional. 
En Italia conocí también a muchos miembros del ejército británico y de su servicio de ambulancias. Mucho de lo que más adelante inventé al escribir lo aprendí de ellos. Durante muchos años, mi mejor amigo fue un joven soldado profesional británico que en 1914 había ido de Sandhurst a Mons, y que había servido con las tropas hasta el final de la guerra en 1918. 


jueves, 15 de agosto de 2013

Mario Vargas Llosa en brasil


Ahora, esa literatura globalizada de gran tiraje, de grandes ventas, por ejemplo, Paulo Coelho, Harry Potter, esas sagas. ¿Eso tiene valor en sí, es bueno en algún aspecto? ¿O es meramente comercial?

Yo creo que siempre existió. Siempre ha existido junto a la literatura seria, una literatura de puro entretenimiento. No está mal, es preferible que la gente lea a que no lea. ¿No es cierto? Ahora, lo terrible ocurriría si esa literatura arrolla a la otra y la desaparece. Entonces sí me parece muy grave. Yo creo que esa literatura es una literatura totalmente pasajera, totalmente efímera, a veces muy divertida, entretenida. Mientras coexista con la otra: la literatura más permanente, la literatura que tiene raíces, que expresa siempre una problemática viva, no importa nada, creo que está bien. Y hay un fenómeno que creo que es muy interesante. Yo he hablado muy mal de la televisión y creo que tendría que hacer una corrección. Últimamente en la televisión han comenzado a aparecer unas series donde de pronto hay una creatividad muy interesante. No sé si han visto, por ejemplo, "The Wire". Es un fenómeno muy interesante, una creatividad de tipo artístico.

Ricardo Piglia: Borges cuentista


"Para Borges el problema no es cómo la realidad aparece en la ficción sino de qué manera la ficción aparece en la realidad. Es decir, de qué manera la ficción también construye nuestro concepto de realidad. Y cuando digo ficción no sólo me refiero a la tradición de la ficción que influye sobre los acontecimientos y los sujetos, como puede ser El Quijote: las lecturas de las novelas de caballería que le organizan una realidad distinta a don Quijote. O el caso de Madame Bovary: la lectura de novelas sentimentales construye para ella un mundo, digamos, de ambiciones románticas que tratan de reproducir lo que ha leído. Sino también lo que podríamos llamar también ficciones del Estado, ficciones de los grupos de poder, construcciones imaginarias que también hacen a nuestra vida concreta. De modo que la realidad nunca es tan sencilla y la realidad también está construida con ese juego entre lo posible y lo irreal, digamos. Y me parece que Borges, uno de los efectos que podemos llamar sociales más intensos de la obra de Borges, creo yo, es que nos ayuda a comprender de qué manera la realidad está tejida también con ilusiones, con fantasías, con elementos imaginarios y que muchas veces nuestra concepción inmediata de lo que es la realidad, incluso las realidades personales están  siempre también tejidas con ficciones, ficciones que a veces nosotros mismos nos construimos. La idea de quiénes somos también es un relato que nos hacemos a lo largo de nuestra vida, y tenemos la ilusión de que el personaje es siempre es el mismo: somos nosotros que recordamos cómo éramos en la infancia y cuáles son los acontecimientos que motivaron cierto tipo de desdichas o cierto tipo de felicidades... pero en verdad ese relato es un relato imaginario: somos muchos, somos varios al mismo tiempo, nunca podemos hacer una historia tan lineal de nuestra propia vida, nunca los acontecimientos centrales de la vida están construidos con la intensidad con la que nosotros mismos los recordamos, muchas veces aquellas decisiones que nos parecen fundamentales fueron tomadas sin que nos diéramos cuenta, no siempre los momentos de decisión son tan claros como en Hamlet, ¿no? No siempre tenemos el momento en que podemos decidir verdaderamente aquello que vamos a hacer. Muchas veces hacemos las cosas centrales de nuestra vida: nos enamoramos o tomamos decisiones que influyen a lo largo de toda nuestra experiencia, sin darnos cuenta. Luego, retrospectivamente, reconstruimos esa situación: construimos una cierta ficción de lo que somos nosotros mismos y entonces, sí, podemos decir que hemos tenido una vida que ha tenido cierto sentido." (Ricardo Piglia)


LA FORMA DE LA ESPADA
Por Jorge Luis Borges

 Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.
         La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
          Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.
          No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:
         —Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.
         Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:
          “Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas... En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.
         Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas... Ya era de noche; seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.
         Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudía Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.
         En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:
         —Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.
          Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)
          Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.
         Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso río es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.
         Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: E N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económicá', profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C'est une affaire flambée murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.
         El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza... Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.
         Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.
         Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.
         —¿Y Moon? —le interrogué.
         —Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.
         Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.
         Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.
         —¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.


1942

Datos personales

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(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colaboró desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). El año 2021 publicó "Inmunidad de rebaño" (Aletheya) y "El niño de La Arboleda" (Pesopluma).Acaba de aparecer "El mar que nos espera", su primera novela ganadora del Premio Internacional FILAY 2025.

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