Blog Colectivo donde se publicará esporádicamente trabajos de amigos y alumnos de los Talleres Virtuales y Presenciales de Escritura Creativa y también del curso de Comunicación. Sugerencias, consultas, envíos y colaboraciones: mazeyra@gmail.com

Twitter

Sigue a Orlando Mazeyra Guillén en Twitter

martes, 14 de abril de 2015

La recensión

Una recensión es dos cosas:
1.      un resumen y
2.      una valoración personal de una obra cultural, literaria o artística. No es un proceso fácil: debes fijarte atentamente en lo que estás leyendo y no perder el hilo del libro. 
Sirve para:
a.       Profundizar en la lectura de un libro y aprender de él.
b.      Conservar un escrito con el argumento y la impresión que te causó un libro leído tiempo atrás.

Ingredientes de una recensión:
1.     Presentación. En primer lugar, los datos del libro cuya finalidad no es otra que tener su "carnet de identidad": autor (de quién es hijo), editorial (dirección), fecha y lugar de publicación (fecha y lugar de nacimiento) y número de páginas. Una vez que sabemos de qué vamos a hablar, es necesario enmarcar la obra en la trayectoria profesional de su "padre" con unas breves pinceladas biográficas que nos darán una idea de sus intereses y prestigio, lo que nos ayudará a valorar la obra y su contenido.
2.      Resumen del contenido del libro destinado a dar noticia de él. En el siguiente punto desarrollaremos este apartado.
3.      Valoración crítica orientada a examinar la obra (no al autor). Destacar los aspectos positivos y negativos si los hubiera.

Ejercicios: Hacer un recensión del libro Los inocentes de Oswaldo Reynoso.

jueves, 9 de abril de 2015

El oficio de escribir según Gabriel García Márquez

Fotografía:EFE. La imagen es de febrero de 1970, fue tomada en Barcelona, España.
El oficio del escritor (del real escritor) es muy complejo. Se escribe por disciplina, se escribe por necesidad, se escribe porque sí, se escribe para sumar unos pesos a la cuenta. Gabriel García Márquez lo explicó muy bien en Desventuras de un escritor de libros. 


Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro, se pregunten cuántas horas horas de angustias y de calamidades domésticas, les han costado al autor esas doscientas páginas y cuánto ha recibido por su trabajo. Para terminar pronto, conviene decir a quien no lo sepa, que el escritor se gana solamente el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la librería.
De modo que el lector que compró un libro de veinte pesos sólo contribuyó con dos pesos a la subsistencia del escritor. El resto se lo llevaron los editores, que corrieron el riesgo de imprimirlo, y luego los distribuidores y los libreros.
Esto parecerá todavía más injusto, cuando se piense que los mejores escritores son los que suelen escribir menos y fumar más, y es por tanto normal que necesitan por lo menos dos años y veintinueve mil doscientos cigarrillos para escribir un libro de doscientas páginas. Lo que quiere decir, en buena aritmética que nada más en lo que se fuman se gastan una suma superior a la que van a recibir por el libro.
Por algo, me decía un amigo escritor "todos los editores, distribuidores y libreros son ricos y todos los escritores somos pobres".
El problema es más crítico en los países subdesarrollados, donde el comercio de libros es menos intenso, pero no exclusivo de ellos. En los Estados Unidos que es el paraíso de los escritores de éxito por cada autor que se vuelve rico de la noche a la mañana con la lotería de las ediciones de bolsillo, hay centenares de escritores aceptables condenados a cadena perpetua bajo la gota helada del diez por ciento.
El último caso espectacular  de enriquecimiento con causa en los Estados Unidos, es el del novelista Truman Capote con su libro In Cold Blood (A sangre fría), que en las primeras semanas le produjo medio millón de dólares en regalías, y una cantidad similar por los derechos para el cine.
En cambio Albert Camus, que seguirá en las librerías cuando ya nadie se acuerde del estupendo Truman Capote, vivía de escribir argumentos cinematográficos con seudónimo, para poder seguir escribiendo sus libros.
El premio Nobel que recibió pocos años antes de morir, apenas fue un desahogo momentáneo para sus calamidades domésticas acarrea consigo solamente lo que significa un alivio de unos cuarenta mil dólares más o menos, lo que en estos tiempos cuesta una casa con un jardín para los niños.
Mejor aunque involuntario, fue el negocio que hizo Jean Paul Sartre al rechazarlo, pues con su actitud ganó un justo y merecido prestigio de independencia, que aumentó la demanda de sus libros.
Muchos escritores añoran al antiguo mecenas rico y generoso señor que mantenía a los artistas para que trabajaran a gusto. Aunque con otra cara, los mecenas existen. Hay grandes consorcios financieros que a veces por pagar menos impuestos, otras veces por disipar la imagen de tiburones que se ha formado de ellos la opinión pública, y no muchas veces por tranquilizar sus conciencias, destinan sumas considerables a patrocinar el trabajo de los artistas.
Pero los escritores somos gentes a quienes nos gusta hacer lo que nos da la gana, y sospechamos, acaso sin fundamento que el patrocinador compromete la independencia de pensamiento y expresión, y origina compromisos indeseables.
En mi caso, prefiero escribir sin subsidios de ninguna índole, no sólo porque padezco de un estupendo delirio de persecución sino porque cuando empiezo a escribir ignoro por completo con quien estaré de acuerdo al terminar.
Sería injusto que a la postre estuviera en desacuerdo con la ideología del patrocinador, cosa muy probable en virtud del conflictivo espíritu de contradicción de los escritores así, como sería completamente inmoral que por casualidad estuviera de acuerdo.
El sistema de patrocinio, típico de la vocación paternalista del capitalismo parece sea una réplica a la oferta socialista de considerar al escritor como un trabajador a sueldo del Estado.
En principio la solución socialista es la correcta, porque libera al escritor de la explotación de los intermediarios. Pero en la práctica hasta ahora y quien sabe por cuanto tiempo, el sistema ha dado origen a riesgos más graves que las injusticias que ha pretendido corregir.
El reciente caso de dos pésimos escritores soviéticos que han sido condenados a trabajos forzados en Siberia, no por escribir mal sino por estar en desacuerdo con el patrocinador, demuestra hasta qué punto puede ser peligroso el oficio de escribir bajo un régimen sin la suficiente madurez, para admitir la verdad eterna de que los escritores somos unos fascinerosos a quienes los corsés doctrinarios, y hasta las disposiciones legales, nos aprieta más que los zapatos.
Personalmente,  creo que el escritor, como tal, no tiene otra obligación revolucionaria que la de escribir bien. Su inconformismo, bajo cualquier régimen, es una condición esencial que no tiene remedio, porque un escritor conformista muy probablemente es un bandido, y con seguridad es un mal escritor.
Después de esta triste revisión [...] resulta elemental preguntarse por qué escribimos los escritores. La puesta, por fuerza, es tanto más melodramática  cuanto más sincera. Se es escritor, simplemente como se es judío o se es negro. El éxito es alentador, el favor de los lectores es estimulante, pero estas son ganancias suplementarias, porque un buen escritor seguirá escribiendo de todas maneras aún con los zapatos rotos, y aunque sus libros no se vendan.
Es una especie de deformación que explica muy bien la barbaridad social de que tanto hombres y mujeres se hayan suicidado de hambre, por hacer, algo que al fin y al cabo, y hablando completamente en serio, no sirve para nada.

Fragmento de Desventuras de un escritor de libros. 
Texto de julio de 1966, escrito en México y luego cedido al Magazín Dominical del diario El Espectador.

martes, 15 de octubre de 2013

El gran Fitzgerald


Por Fernando Ampuero*

La gran mayoría de escritores, por si no lo saben, pertenece a una especie benigna de esquizofrénicos. En cada escritor, digamos, hay dos personas: el autor propiamente dicho, que existe gracias al acto de escribir, y el sujeto que luego lee o evoca lo que ha escrito (vale decir, una persona común y corriente, aunque con una eventual hipertrofia de la autoestima). Francis Scott Fitzgerald, por cierto, fue uno de estos locos lindos. 

Fitzgerald creí­a, como Simenon, que la literatura no era una profesión, sino una vocación de infelicidad. Escribí­a, sin duda, para desnudar su alma, y, en esa franca impudicia, para embarcar a sus lectores en una visita guiada al nido de todos sus fracasos. Más claro: querí­a ser un romántico, pero a la vez un autor moderno. Y de hecho lo logró. El gran Gatsby (1925), novela que supo reflejar en la primera hora el sueño americano, retomó uno de los personajes más interesantes de la literatura universal: el advenedizo, el parvenu, el arribista social. Jay Gatsby es el misterioso, elegante y gangsteril heredero del Barry Lyndon de Thackeray, del Julien Sorel de Stendhal, del George Du Roy de Guy de Maupassant. Gatsby no esconde el retrato de Napoleón bajo la almohada, como Julien Sorel, sino que desea deslumbrar con sus riquezas malhabidas a la bella y frívola Daisy Miller. Pero no hay vanidad en ese gesto. Hay amor, del verdadero, del que trastorna para siempre. Gatsby había conocido a Daisy algunos años atrás, en los días previos a la Primera Gran Guerra, cuando él era un chico pobre que tenía por toda credencial el uniforme militar que lo hací­a más apuesto. La guerra, y las diferencias sociales, los separaron. Pero Gatsby hizo fortuna y volvió, compró un palacio en el West Egg (el balneario chic de Long Island, New York) y conoció a su vecino, Nick Carraway, el primo de Daisy y el perspicaz testigo-narrador del romance, de la infatigable ilusión y la espera, de las fiestas espléndidas.

Nick es la simpatía andando, la sensibilidad, el mago que organiza el relato y consigue que este melodrama de tres por cuatro se convierta en una obra magistral. Nick, hombre discreto, es parte de los ricos, pero desprecia su idiotez y su superficialidad. Nick, por último, se conmueve con Gatsby, tan pronto descubre que, como tantos advenedizos, cifra en la ostentación "la concepción platónica de sí mismo" y la esperanza del amor. 

Esta novela, como se sabe, llegó gorda de páginas a las manos de Max Perkins, el editor de Fitzgerald, y entró en la imprenta igual de sustanciosa, pero mucho más ligera y esbelta. A pesar de la buena recepción crí­tica que tuvo la obra -T.S.Eliot y Edmund Wilson la saludaron con enorme entusiasmo-, tardó déadas en imponerse como una de las novelas capitales en EE.UU, encabezando por medio siglo todas las listas de preferencias. Acusan a Fitzgerald de ser excesivamente literario.

Yo discrepo con ese punto de vista. Lo literario por lo general es un abuso de los adverbios y los adjetivos que doran la pí­ldora. Fitzgerald, un artista de la palabra, diseña personajes perfectos, cuaja frases maravillosas y rara vez pierde el equilibrio. Y si a veces parece que cayera en cursilerí­as, la suya es una caída brillante, la pifia lujosa que acompaña a las grandes pasiones.


* Viaje de ida (Ensayos/Notas/Prosas), páginas 13 y 14.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sobre escribir en primera persona

Por Ernest Hemingway

Cuando empiezas a escribir en primera persona, si las historias resultan tan reales que la gente se las cree, los lectores pensarán casi siempre que esas historias te sucedieron de verdad. Y es natural porque, al inventarlas, hiciste que le sucedieran a la persona que las contaba. Si lo logras, consigues que el lector crea que estos hechos le sucedieron también a él. Y si eres capaz de hacerlo, empiezas a conseguir lo que pretendías, que es construir algo que se convertirá en parte de la experiencia del lector y en parte de su memoria. Habrá cosas que no notó al leer la historia o la novela, pero que, sin que se dé cuenta, penetrarán su memoria y su experiencia, de modo que pasarán a formar parte de su vida. Conseguirlo no es sencillo.
Aunque no sea sencillo, lo que sí es casi siempre posible para los miembros de la escuela de detectives privados de crítica literaria es demostrar que el escritor de ficción que escribe en primera persona seguramente no ha hecho todo lo que ha hecho el narrador, o tal vez, nada. La importancia que puede tener o lo que puede demostrar, más allá de que el escritor no carece de imaginación o de inventiva, es algo que no he entendido jamás. 
En los primeros tiempos en París, solía inventarme hechos no sólo a partir de mi propia experiencia, sino de las experiencias y el conocimiento que tenía de mis amigos y de la gente que conocía o que me habían presentado y recordara, que no fueran escritores. Siempre tuve la suerte de que mis mejores amigos no fueran escritores y de haber conocido a mucha gente inteligente que sabía expresarse muy bien. En Italia, cuando estuve allí durante la guerra, por algo que hubiera visto o me hubiera sucedido a mí, descubrí cientos y cientos de cosas que le habían sucedido a otra gente que había vivido la guerra en todas sus fases. Mis pequeñas experiencias me sirvieron de guía para saber si las historias eran verdaderas o falsas, y resultar herido fue un santo y seña. Después de la guerra pasé mucho tiempo en 19th Ward y otros barrios italianos de Chicago con un amigo italiano al que había conocido en el hospital de Milán. Entonces era un joven oficial y había resultado herido de gravedad en varias ocasiones. Había ido desde Seattle, creo, a Italia para visitar a su familia, y cuando Italia entró en guerra se ofreció como voluntario. Éramos muy buenos amigos y él era un narrador excepcional. 
En Italia conocí también a muchos miembros del ejército británico y de su servicio de ambulancias. Mucho de lo que más adelante inventé al escribir lo aprendí de ellos. Durante muchos años, mi mejor amigo fue un joven soldado profesional británico que en 1914 había ido de Sandhurst a Mons, y que había servido con las tropas hasta el final de la guerra en 1918. 


jueves, 15 de agosto de 2013

Mario Vargas Llosa en brasil


Ahora, esa literatura globalizada de gran tiraje, de grandes ventas, por ejemplo, Paulo Coelho, Harry Potter, esas sagas. ¿Eso tiene valor en sí, es bueno en algún aspecto? ¿O es meramente comercial?

Yo creo que siempre existió. Siempre ha existido junto a la literatura seria, una literatura de puro entretenimiento. No está mal, es preferible que la gente lea a que no lea. ¿No es cierto? Ahora, lo terrible ocurriría si esa literatura arrolla a la otra y la desaparece. Entonces sí me parece muy grave. Yo creo que esa literatura es una literatura totalmente pasajera, totalmente efímera, a veces muy divertida, entretenida. Mientras coexista con la otra: la literatura más permanente, la literatura que tiene raíces, que expresa siempre una problemática viva, no importa nada, creo que está bien. Y hay un fenómeno que creo que es muy interesante. Yo he hablado muy mal de la televisión y creo que tendría que hacer una corrección. Últimamente en la televisión han comenzado a aparecer unas series donde de pronto hay una creatividad muy interesante. No sé si han visto, por ejemplo, "The Wire". Es un fenómeno muy interesante, una creatividad de tipo artístico.

Ricardo Piglia: Borges cuentista


"Para Borges el problema no es cómo la realidad aparece en la ficción sino de qué manera la ficción aparece en la realidad. Es decir, de qué manera la ficción también construye nuestro concepto de realidad. Y cuando digo ficción no sólo me refiero a la tradición de la ficción que influye sobre los acontecimientos y los sujetos, como puede ser El Quijote: las lecturas de las novelas de caballería que le organizan una realidad distinta a don Quijote. O el caso de Madame Bovary: la lectura de novelas sentimentales construye para ella un mundo, digamos, de ambiciones románticas que tratan de reproducir lo que ha leído. Sino también lo que podríamos llamar también ficciones del Estado, ficciones de los grupos de poder, construcciones imaginarias que también hacen a nuestra vida concreta. De modo que la realidad nunca es tan sencilla y la realidad también está construida con ese juego entre lo posible y lo irreal, digamos. Y me parece que Borges, uno de los efectos que podemos llamar sociales más intensos de la obra de Borges, creo yo, es que nos ayuda a comprender de qué manera la realidad está tejida también con ilusiones, con fantasías, con elementos imaginarios y que muchas veces nuestra concepción inmediata de lo que es la realidad, incluso las realidades personales están  siempre también tejidas con ficciones, ficciones que a veces nosotros mismos nos construimos. La idea de quiénes somos también es un relato que nos hacemos a lo largo de nuestra vida, y tenemos la ilusión de que el personaje es siempre es el mismo: somos nosotros que recordamos cómo éramos en la infancia y cuáles son los acontecimientos que motivaron cierto tipo de desdichas o cierto tipo de felicidades... pero en verdad ese relato es un relato imaginario: somos muchos, somos varios al mismo tiempo, nunca podemos hacer una historia tan lineal de nuestra propia vida, nunca los acontecimientos centrales de la vida están construidos con la intensidad con la que nosotros mismos los recordamos, muchas veces aquellas decisiones que nos parecen fundamentales fueron tomadas sin que nos diéramos cuenta, no siempre los momentos de decisión son tan claros como en Hamlet, ¿no? No siempre tenemos el momento en que podemos decidir verdaderamente aquello que vamos a hacer. Muchas veces hacemos las cosas centrales de nuestra vida: nos enamoramos o tomamos decisiones que influyen a lo largo de toda nuestra experiencia, sin darnos cuenta. Luego, retrospectivamente, reconstruimos esa situación: construimos una cierta ficción de lo que somos nosotros mismos y entonces, sí, podemos decir que hemos tenido una vida que ha tenido cierto sentido." (Ricardo Piglia)


LA FORMA DE LA ESPADA
Por Jorge Luis Borges

 Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.
         La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
          Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.
          No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:
         —Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.
         Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:
          “Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas... En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.
         Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas... Ya era de noche; seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.
         Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudía Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.
         En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:
         —Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.
          Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)
          Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.
         Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso río es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.
         Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: E N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económicá', profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C'est une affaire flambée murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.
         El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza... Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.
         Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.
         Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.
         —¿Y Moon? —le interrogué.
         —Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.
         Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.
         Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.
         —¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.


1942

miércoles, 8 de mayo de 2013

DIEZ CLAVES PARA ESCRIBIR

Consejos de Rosa Montero
La escritora Rosa Montero (Madrid, 1951) impartió un cibertaller de escritura durante la Feria del Libro de Guadalajara en el año 2010. Aquí están algunos de sus consejos sobre los entresijos de escribir.
1. ¿Para qué se escribe?
“Uno no escribe para decir nada, sino para aprender algo. Escribes porque algo te emociona y quieres compartir esa emoción. Y tú, sin duda, sientes esas emociones que son más grandes que tú, y por eso quieres escribir, ¿no? No se trata de soltar mensajes sesudos”.
2. ¿Cómo empezar?
“Toma notas de las cosas que te llamen la atención o te emocionen. Y déjalas crecer en la cabeza. Luego, escribe un cuento en torno a una de las ideas… Para hacer dedos, también hay ejercicios. Por ejemplo, escribe un recuerdo importante de tu vida contado por otra persona. Puedes hacer ejercicios como escribir algo que haya sido muy importante en tu vida, quizá en tu infancia, pero contado desde fuera por un narrador real (por ejemplo un tío tuyo) o inventado, e incluyéndote como personaje”.
3. ¿Cómo enfrentarse a la página en blanco?
“Llamar la atención es el primer paso. El huevecillo. Déjalo crecer en la cabeza… Juega a imaginar en torno a eso. Consecuencias de los hechos, posibilidades… Se escribe sobre todo en la cabeza. Y cuando tengas más o menos una historia, escríbela.
En cuanto a la rutina, depende del escritor. Tienes que encontrar tu método. Yo no tengo rutinas horarias, pero para escribir desde luego tienes que trabajar. Siempre es bueno forzarte a sentarte todos los días un rato, aunque no sea a la misma hora, y aunque no escribas nada”.
4. ¿Es bueno escribir sobre uno mismo?
“Hay escritores que hablan de su propia vida, pero que son tan buenos que consiguen convertirla en algo universal (como Proust o Conrad en El corazón de las tinieblas) y otros que cuentan cosas que no tienen nada que ver con ellos en apariencia, pero que las sienten como propias. O sea, que es un problema de calidad… Si eres bueno, aunque narres algo real, harás algo universal. Eso sí, creo que hay más posibilidades de hacer mala literatura si escribes de tu propia vida, sobre todo si eres un autor joven. El autor joven siempre escribe de sí mismo aun cuando hable de los demás, y el autor maduro siempre escribe de los demás aun si habla de sí mismo. Ése es el lugar que hay que ocupar. La distancia con lo narrado. No importa que el tema sea ‘personal’ si lo escribes desde fuera”.
5. ¿Cómo se elige el nombre de un personaje?
“Los personajes suelen traer su propio nombre. ‘Escucha’ lo que te dicen. Es decir, escucha el nombre que se te ocurre al pensar en él. El escritor maduro es el que tiene la modestia suficiente para dejarse contar la novela o el cuento por sus personajes”
6. ¿Qué hacer ante el bloqueo del escritor?
“Ah, sí, el bloqueo existe, sin duda. La seca, lo llamaba Donoso, porque se te seca la cabeza. Pero a veces no es un verdadero bloqueo, sino miedo, exigencia excesiva. No hay manera de escribir sin dudas: siempre se duda horriblemente. Se escribe a pesar de las dudas. Y el completo goce tampoco es tal… A menudo escribir es como picar piedra”.
7. ¿Y ante el embrollo de ideas que luchan unas con otras?
“Sí, ése es un problema. No has conseguido enamorarte lo suficiente de una idea. A veces me ha pasado. Creo que es porque le damos demasiadas vueltas racionales: ¿saldrá mejor esta historia? ¿O esta otra? Ponte frente a tus ideas, escoge la que más te emocione y olvida las demás”.
8. ¿Es bueno juntar textos diferentes sobre el mismo tema?
“Pues no me parece mala idea intentar construir un todo con esos textos… Mira a ver si el conjunto te sugiere algo más. En estos casos, el todo tiene que aportar algo más que la suma de las partes… Es un buen ejercicio”.
9. ¿Hay que dejar dormir los textos?
“Tardo unos tres años en cada novela; el primer año, la historia va creciendo en mi cabeza, en cuadernitos, en fichas y grandes cuadros de la estructura, personajes, etcétera. Cuando ya sé todo, los capítulos que va a tener y qué va a pasar, me siento frente a la computadora, y vuelve a cambiar”.
10. ¿Cómo encontrar el final de una novela?
“De nuevo, depende de las personas. A mí el final se me ocurre muy pronto y escribir es conseguir llegar a ese final… Pero a otros escritores se les ocurre el final mientras escriben, porque la novela es una criatura viva que te enseña. Déjate llevar. Es lo que hay que hacer”.

Datos personales

Mi foto
(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colaboró desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). El año 2021 publicó "Inmunidad de rebaño" (Aletheya) y "El niño de La Arboleda" (Pesopluma).Acaba de aparecer "El mar que nos espera", su primera novela ganadora del Premio Internacional FILAY 2025.

Visitantes y lectores

Seguidores