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domingo, 21 de abril de 2013

Crear, creer, matar

Otro relato de un alumno de Taller de Escritura Creativa 2013.

Por Jordan Jáuregui Meza
Te quise como en un bolero y me dejaste como en un tango.
José Rosas Ribeyro
El indio de tu padre nunca nos quiso. Así son los indios: malditos, miserables. No sé qué le fui a ver.
Pero yo soy un indio, mamá. ¿No ves que soy marrón? Fíjate en mi nariz, en mis cabellos, en lo feo que soy. Yo también debo ser un maldito y un miserable.
Tú no eres indio, hijito. Así que no vuelvas a repetir esa tontería…
Claro que lo soy: soy hijo del Indio, soy idéntico a él.
Así lo llamamos: el Indio. Ella fue reina de belleza del distrito, la chica más pretendida, la más bonita del barrio. Aún hoy, algunos viejos la pretenden; y aún hoy, a sus cincuenta y cinco años, ella rechaza a todos. Fiorella es tan hermosa como lo fue mi mamá. Cuando la veo, pienso que está pensando como mi madre al recibir los cortejos de mi padre: «¿qué querrá este indio de mierda conmigo, por qué me sigue tanto, para qué me da tantas cosas? Nunca le voy a hacer caso».
Quiero comprar algo para regalárselo a Fiore, pero no tengo dinero. Tendré que llamar al Indio. Nunca me da dinero fácilmente, invento algún libro urgente para la universidad, y sólo me da la mitad. Es un animal raro, de cerámica, violeta, cubierto con algodón en algunas partes; cuesta veinte soles.
¿Por qué me das esto?
Discúlpame, es que, si no te lo doy, terminaré dándote otra cosa le digo y ella sonríe, adivinando, tal vez, que muero por besarla.
Está bien me contesta, entre resignada y molesta.
Intuyo que Fiorella debe quererme menos que a su perro: Peluso. Una tarde la acompañé hasta su casa y Peluso salió a recibirla. Era un ser muy amigable. Aquella vez, salió saltando y moviendo la cola, como de costumbre. Estaba tan contento, que hasta por un momento me contagió su alegría, y dejé de pensar en el indio miserable que soy. Tan contento, que no vio el carro que terminó pasando sobre una de sus patas. El maldito conductor se dio a la fuga, pero a «Pelu» no lo perdimos de vista.
Sí, soy un indio maldito. El perro está bien, en realidad eso sólo ocurrió en mi mente…
Me urge mucho estar ebrio, no me sentiré mejor: sólo lloraré por todo lo que todavía no me atrevo a liberar. No quiero escribir, sólo fugarme a la mierda. No puedo, ¡carajo!, no puedo escribir. Nunca he escrito desde el dolor, aunque sea eso lo que siempre me digo. No puedo escribir herido, no puedo contenerme la sangre con una mano y escribir con la otra. No puedo escribir con los pies—o quizá sí y ésta es la mejor muestra de ello—: Fiorella, no puedo contarle a estos extraños cómo mierda se dibuja mi paso al seguirte. Me dueles esta noche, tanto como la noche en que comencé a esperarte. No tengo fuerzas para desdoblarme, para sentarme en una butaca y ver cómo te pienso, y escribir cómo me siento, cómo me siento en la butaca. Fiorella, si estuvieras esta noche conmigo, Saló sería poca cosa, te lo juro; aunque no creas en lo que siento. Ahora creo que a esa película le hacen falta Pelusos.

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(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colabora desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Punto en línea (UNAM, México), Buensalvaje (Perú) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" (Ediciones Altazor, 2012) y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). Acaba de aparecer "Bitácora del último de los veleros" (Aletheya, 2016).

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