Blog Colectivo donde se publicará esporádicamente trabajos de amigos y alumnos de los Talleres Virtuales y Presenciales de Escritura Creativa y también del curso de Comunicación. Sugerencias, consultas, envíos y colaboraciones: mazeyra@gmail.com

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miércoles, 14 de marzo de 2012

Blanco y Negro

Por Naysha León Cornejo

Contemplar en silencio las risas y aplausos de todos aquellos espectadores era lo que reconfortaba tus angustiantes días. Vestir un atuendo diario de escaso color, líneas monocromáticas, la cara completamente pintada de blanco, labios rojos, delineador negro por las cejas, contorneando también los ojos y los labios. Cubriendo las pronunciadas marcas de expresión, los pliegues alrededor de tu sonrisa y las marcas que dejaron tus días de adolescente.

Largos minutos frente al espejo: con empeño cubriendo poco a poco, con las yemas de tus dedos, el color vivo de tu piel por uno más frío. Lo único que puede expresar lo que sientes y piensas es tu cuerpo. Prolongados días de práctica lograron la perfección de tus movimientos. Las manos al frente, girando agraciadamente mostrando una pared; poco a poco te encierras en ese cubil, quieres escapar; empujas hacia arriba y sales inmediatamente de ese pequeño espacio graficado en el aire. Es fascinante observar cómo creas espacios y te unes a ellos motivando la imaginación del presente.

Hoy no es un día común, caminas por la ciudad con la tranquilidad de una persona que vive plenamente, sin imaginar que encontrarías aquello que buscaste durante los veinticinco años siendo un mimo.

Los transeúntes de este pintoresco lugar caminan con la presura del día que ya se acaba, la mayoría de palomas descansan en lo alto del histórico reloj de la catedral y, tú allí, sentado en una banca, en medio de la plaza principal.

—¿Cuándo sabes que la muerte está cerca?, dijo Andrés, tu primer profesor de teatro. Tu respuesta fue: “cuando diste el máximo de tu talento sin importar las circunstancias”.

Piensas en el talento que llevas dentro y en si has dado lo suficiente. ¡Hasta cuándo seguirás en las plazas de la ciudad brindando un espectáculo asombroso a cambio de pequeñas monedas!, ¿Cuál es el límite de tu desdichado arte?

Hace frío. La delgada chaqueta que llevas puesta te la regaló un pintor famoso de la ciudad en tu cumpleaños cincuenta: tu preciado tesoro, un recuerdo invalorable; una amistad de muchos años que se esfumó con su inexplicable desaparición, nunca averiguaste por qué, solo sabías que él dio su máximo esfuerzo.

El cigarrillo se consume más con el viento que con tus escasas piteadas y aún sientes esas miradas fijas en ti, no son aquellas que contemplan tu arte, tampoco de quien observa un cuadro; miradas de un grupo de muchachos sentados a un par de bancas a la derecha. La preocupación del largo día hace que no le prestes atención, no hubo lo suficiente para comer… mañana será otro día.

—Mudo misio de mierda, no tienes ni una puta moneda.

De pronto, te encuentras tirado en el suelo, intentando salir de allí por donde puedas, impedido por un montón de manos y pies que golpean tu rostro. Puños llenos de rabia, despojándote de tus prendas, la cara ensangrentada, desfigurada. Casi sin aliento, solo atinas a sonreír y actuar tu última función.

Naysha León Cornejo (Arequipa, 1992). Alumna del Taller de Escritura Creativa que se dictó en el Centro Cultural Peruano-Norteamericano en Febrero-Marzo 2012.

sábado, 3 de marzo de 2012

Filo

Acá un cuento de uno de los asistentes al Taller Presencial de Escritura Creativa que estamos dictando en el Centro Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa (CCPNA) desde el 15 de febrero de 2012.

Por: Francisco Javier

Recuerdo muy bien esa mañana en que mi dueño me cogió con demasiada fuerza. No es que en mi oficio las cosas fueran suaves, cómodas y se me tratase con cariño, pero la rudeza de sus movimientos, su mirada fija y pulso acelerado, me hicieron notar que ese día algo no andaba del todo bien. Su rostro, normalmente apacible y con esos ojos risueños bajo sus pobladas cejas, mostraba un ceño fruncido y una mirada hundida contra el piso.

Puedo decirles que aquel hombre se caracterizaba por dar un trato excelente a todos los clientes, era respetuoso y amable, incluso en sus mejores días bromeaba con ellos y se canjeaba algunas amistades. Sin embargo como repito aquel día estaba extraño: casi ni respondía los saludos y, si acaso lo hacía, era de mala forma o demostrando impaciencia.

Yo podía observarle desde mi lugar de trabajo, donde había sido abandonado luego de una faena agotadora. Estaba a su servicio entre diez y doce horas diarias, menos los domingos, que nuestro negocio cerraba pronto a falta de clientes. Contra lo que puedan pensar, disfrutaba mucho de mi trabajo. Disfrutaba la sensación de sentirme útil para algo, y de poder cumplir con las exigencias que no eran pocas de mi labor. Porque cuando no se está de faena, ni se imaginan lo aburrido que es ser un cuchillo.

Pero no se crean que soy un cuchillo cualquiera. No soy un delicado cuchillo de mesa, o uno de esos amanerados que sólo sirven para untar mantequilla o pelar frutas. Soy un cuchillo fuerte, con un mango de madera firme y una hoja que todo hay que decirlo está lo bastante afilada como para cortar kilos y kilos de carne durante el día. Soy, pues, un cuchillo de carnicería.

En la tienda había otros como yo, más viejos y desgastados por años de faenas, con las hojas sueltas y los mangos destruidos, que fueron desplazados a los bordes de la mesa de trabajo, donde eran utilizados ocasionalmente. A veces imagino que todo sería mucho más aburrido si fuera como ellos, utilizado sólo por algunos minutos al día para luego volver a estar completamente estático, inmóvil e inerte.

Durante mis interminables horas de inamovilidad traté de buscarle otro sentido a mi existencia, pero siempre concluía que hay otros objetos que tienen una vida aún más triste y monótona. Creo que sería peor ser una cucharilla de té, ¿verdad? Es por ello que no deseo contarles los aspectos negativos de mi existencia, pero sí la historia del día en que mi vida cambió para siempre.

Mi dueño bajó las persianas metálicas de la tienda poco después de las seis de la tarde, al tiempo en que el sol se ocultaba en el horizonte. Aseguró con un candado la puertecilla de entrada y cruzó una viga de acero detrás de la misma. Continuaba con el ceño fruncido que observé en la mañana y esa mirada que reflejaba que algo atormentaba su mente.

Se quitó el delantal blanco, que terminaba siempre de color rojizo, y lo tiró al suelo con desgano. Cogió la silla que había detrás del mostrador para embutidos, la llevó hasta el centro de la tienda y se dejó caer pesadamente sobre ella. Sacó del bolsillo de su camisa una cajetilla de cigarros y encendió uno. Otra señal de que algo andaba mal, ya que hacía mucho tiempo no le veía fumar.

Cuando el cigarro estaba a la mitad, consumido más por su propio fuego que por las piteadas que recibía, el teléfono de la tienda sonó. En la penumbra me pareció ver que los ojos de mi dueño se enrojecían de rabia, lanzó el cigarro al suelo, lo pisoteó con furia y se puso de pie.

¿Qué es lo que quieres? dijo luego de ponerse el auricular en la oreja derecha.

En ese momento me habría gustado ser el teléfono para conocer los detalles de la conversación, pero tuve que conformarme con oír lo que podía desde mi posición.

No pienso seguir cediendo ante ti o cualquiera de tus amigos extorsionadores repuso con voz firme a su interlocutor. Tus cupos y tus amenazas me tienen sin cuidado. Si lo deseas, ya sabes dónde encontrarme.

Colgó el teléfono de un porrazo. Su rostro estaba lleno de sudor, sus labios resecos como si no hubiese probado agua en días, y los latidos acelerados de su corazón parecían hacer eco en toda la tienda. Se quedó parado allí por un buen rato, como si de pronto él también se hubiese convertido en un objeto sin vida.

Al momento se oyó el ruido de un auto deteniéndose frente a la tienda. La luz de los faros se colaba por debajo de la puerta. Más ruidos. Ahora eran pasos, pasos de varios hombres, sin duda. Golpes en la puerta y gritos.

De una forma u otra nos vamos a cobrar ese dinero, imbécil. ¡Sal ahora o entraremos! se oyó desde la calle.

Vi sus ojos girar hacia mí casi instintivamente. Me cogió por el mango y me presionó con fuerza. Sus manos sudaban tanto o más que su rostro. Sus pupilas estaban dilatadas y podría jurar que le zumbaban los oídos.

Una sombra se movía por la ventana que daba a la calle. Mi dueño vaciló por un momento, pero luego dio un brinco y se paró junto a la ventana, agazapado junto a la pared, esperando que pase lo que pasó. Un tarro metálico lleno de basura hizo estallar la ventana en pedazos y rodó hasta la mitad de la tienda.

Al instante, un hombre se deslizó por la abertura hacia adentro. Aguantando la respiración y con un movimiento rápido, mi dueño cogió al intruso por detrás y luego, con una fuerza que le desconocía, me clavó contra su pecho. Casi la totalidad de mi hoja se enterró en ese cuerpo, que se estremecía perdiendo la vida poco a poco.

Cuando nos dimos cuenta ya era muy tarde. Otro sujeto nos apuntaba desde fuera de la tienda con un arma y disparó tres veces. La primera bala destruyó el mostrador, pero las siguientes atravesaron la pierna y abdomen de aquel hombre al que yo había servido por tanto tiempo, lanzándolo contra el piso, que lentamente fue tiñéndose de un rojo escarlata profundo.

El sujeto, aún con la pistola humeante en la mano, ingresó por la ventana y lo remató de un disparo en la cabeza, mientras hacía una mueca de asco. Luego comprobó que el cuerpo de su amigo tenía menos vida que el mío y le cerró los ojos con la palma de la mano. Antes de irse, se fijó en mí por un instante, como si acabara de ver un objeto extraño y no un simple cuchillo manchado de sangre. Me levantó, me observó con detenimiento, cubrió mi hoja con un pañuelo y me guardó en el bolsillo de su casaca. Dio media vuelta y se fue en silencio, tal y como había entrado.

Fue así que dejé mis faenas de diez o doce horas en la carnicería y me convencí de que mi existencia no sería aburrida nunca más. Sólo espero que mi nuevo dueño me deje probar, aunque sea una vez más, el calor de la sangre de un cuerpo vivo, esa sensación tan desconocida para mí, que muy a mi pesar, tengo que decirles, me gustó.

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El autor de Filo (Francisco Javier Apaza) tiene 23 años. Recientemente egresado de Ciencias de la Comunicación de la UNSA. Lee por placer. Escribe por necesidad. Contacto: franciscojavierx@gmail.com

Datos personales

Mi foto
(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colabora desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Punto en línea (UNAM, México), Buensalvaje (Perú) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" (Ediciones Altazor, 2012) y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). Acaba de aparecer "Bitácora del último de los veleros" (Aletheya, 2016).

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