Blog Colectivo donde se publicará esporádicamente trabajos de amigos y alumnos de los Talleres Virtuales y Presenciales de Escritura Creativa y también del curso de Comunicación. Sugerencias, consultas, envíos y colaboraciones: mazeyra@gmail.com

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jueves, 13 de septiembre de 2012

El corazón delator


¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y qué podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

Edgar Allan Poe

miércoles, 14 de marzo de 2012

Blanco y Negro

Por Naysha León Cornejo

Contemplar en silencio las risas y aplausos de todos aquellos espectadores era lo que reconfortaba tus angustiantes días. Vestir un atuendo diario de escaso color, líneas monocromáticas, la cara completamente pintada de blanco, labios rojos, delineador negro por las cejas, contorneando también los ojos y los labios. Cubriendo las pronunciadas marcas de expresión, los pliegues alrededor de tu sonrisa y las marcas que dejaron tus días de adolescente.

Largos minutos frente al espejo: con empeño cubriendo poco a poco, con las yemas de tus dedos, el color vivo de tu piel por uno más frío. Lo único que puede expresar lo que sientes y piensas es tu cuerpo. Prolongados días de práctica lograron la perfección de tus movimientos. Las manos al frente, girando agraciadamente mostrando una pared; poco a poco te encierras en ese cubil, quieres escapar; empujas hacia arriba y sales inmediatamente de ese pequeño espacio graficado en el aire. Es fascinante observar cómo creas espacios y te unes a ellos motivando la imaginación del presente.

Hoy no es un día común, caminas por la ciudad con la tranquilidad de una persona que vive plenamente, sin imaginar que encontrarías aquello que buscaste durante los veinticinco años siendo un mimo.

Los transeúntes de este pintoresco lugar caminan con la presura del día que ya se acaba, la mayoría de palomas descansan en lo alto del histórico reloj de la catedral y, tú allí, sentado en una banca, en medio de la plaza principal.

—¿Cuándo sabes que la muerte está cerca?, dijo Andrés, tu primer profesor de teatro. Tu respuesta fue: “cuando diste el máximo de tu talento sin importar las circunstancias”.

Piensas en el talento que llevas dentro y en si has dado lo suficiente. ¡Hasta cuándo seguirás en las plazas de la ciudad brindando un espectáculo asombroso a cambio de pequeñas monedas!, ¿Cuál es el límite de tu desdichado arte?

Hace frío. La delgada chaqueta que llevas puesta te la regaló un pintor famoso de la ciudad en tu cumpleaños cincuenta: tu preciado tesoro, un recuerdo invalorable; una amistad de muchos años que se esfumó con su inexplicable desaparición, nunca averiguaste por qué, solo sabías que él dio su máximo esfuerzo.

El cigarrillo se consume más con el viento que con tus escasas piteadas y aún sientes esas miradas fijas en ti, no son aquellas que contemplan tu arte, tampoco de quien observa un cuadro; miradas de un grupo de muchachos sentados a un par de bancas a la derecha. La preocupación del largo día hace que no le prestes atención, no hubo lo suficiente para comer… mañana será otro día.

—Mudo misio de mierda, no tienes ni una puta moneda.

De pronto, te encuentras tirado en el suelo, intentando salir de allí por donde puedas, impedido por un montón de manos y pies que golpean tu rostro. Puños llenos de rabia, despojándote de tus prendas, la cara ensangrentada, desfigurada. Casi sin aliento, solo atinas a sonreír y actuar tu última función.

Naysha León Cornejo (Arequipa, 1992). Alumna del Taller de Escritura Creativa que se dictó en el Centro Cultural Peruano-Norteamericano en Febrero-Marzo 2012.

sábado, 3 de marzo de 2012

Filo

Acá un cuento de uno de los asistentes al Taller Presencial de Escritura Creativa que estamos dictando en el Centro Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa (CCPNA) desde el 15 de febrero de 2012.

Por: Francisco Javier

Recuerdo muy bien esa mañana en que mi dueño me cogió con demasiada fuerza. No es que en mi oficio las cosas fueran suaves, cómodas y se me tratase con cariño, pero la rudeza de sus movimientos, su mirada fija y pulso acelerado, me hicieron notar que ese día algo no andaba del todo bien. Su rostro, normalmente apacible y con esos ojos risueños bajo sus pobladas cejas, mostraba un ceño fruncido y una mirada hundida contra el piso.

Puedo decirles que aquel hombre se caracterizaba por dar un trato excelente a todos los clientes, era respetuoso y amable, incluso en sus mejores días bromeaba con ellos y se canjeaba algunas amistades. Sin embargo como repito aquel día estaba extraño: casi ni respondía los saludos y, si acaso lo hacía, era de mala forma o demostrando impaciencia.

Yo podía observarle desde mi lugar de trabajo, donde había sido abandonado luego de una faena agotadora. Estaba a su servicio entre diez y doce horas diarias, menos los domingos, que nuestro negocio cerraba pronto a falta de clientes. Contra lo que puedan pensar, disfrutaba mucho de mi trabajo. Disfrutaba la sensación de sentirme útil para algo, y de poder cumplir con las exigencias que no eran pocas de mi labor. Porque cuando no se está de faena, ni se imaginan lo aburrido que es ser un cuchillo.

Pero no se crean que soy un cuchillo cualquiera. No soy un delicado cuchillo de mesa, o uno de esos amanerados que sólo sirven para untar mantequilla o pelar frutas. Soy un cuchillo fuerte, con un mango de madera firme y una hoja que todo hay que decirlo está lo bastante afilada como para cortar kilos y kilos de carne durante el día. Soy, pues, un cuchillo de carnicería.

En la tienda había otros como yo, más viejos y desgastados por años de faenas, con las hojas sueltas y los mangos destruidos, que fueron desplazados a los bordes de la mesa de trabajo, donde eran utilizados ocasionalmente. A veces imagino que todo sería mucho más aburrido si fuera como ellos, utilizado sólo por algunos minutos al día para luego volver a estar completamente estático, inmóvil e inerte.

Durante mis interminables horas de inamovilidad traté de buscarle otro sentido a mi existencia, pero siempre concluía que hay otros objetos que tienen una vida aún más triste y monótona. Creo que sería peor ser una cucharilla de té, ¿verdad? Es por ello que no deseo contarles los aspectos negativos de mi existencia, pero sí la historia del día en que mi vida cambió para siempre.

Mi dueño bajó las persianas metálicas de la tienda poco después de las seis de la tarde, al tiempo en que el sol se ocultaba en el horizonte. Aseguró con un candado la puertecilla de entrada y cruzó una viga de acero detrás de la misma. Continuaba con el ceño fruncido que observé en la mañana y esa mirada que reflejaba que algo atormentaba su mente.

Se quitó el delantal blanco, que terminaba siempre de color rojizo, y lo tiró al suelo con desgano. Cogió la silla que había detrás del mostrador para embutidos, la llevó hasta el centro de la tienda y se dejó caer pesadamente sobre ella. Sacó del bolsillo de su camisa una cajetilla de cigarros y encendió uno. Otra señal de que algo andaba mal, ya que hacía mucho tiempo no le veía fumar.

Cuando el cigarro estaba a la mitad, consumido más por su propio fuego que por las piteadas que recibía, el teléfono de la tienda sonó. En la penumbra me pareció ver que los ojos de mi dueño se enrojecían de rabia, lanzó el cigarro al suelo, lo pisoteó con furia y se puso de pie.

¿Qué es lo que quieres? dijo luego de ponerse el auricular en la oreja derecha.

En ese momento me habría gustado ser el teléfono para conocer los detalles de la conversación, pero tuve que conformarme con oír lo que podía desde mi posición.

No pienso seguir cediendo ante ti o cualquiera de tus amigos extorsionadores repuso con voz firme a su interlocutor. Tus cupos y tus amenazas me tienen sin cuidado. Si lo deseas, ya sabes dónde encontrarme.

Colgó el teléfono de un porrazo. Su rostro estaba lleno de sudor, sus labios resecos como si no hubiese probado agua en días, y los latidos acelerados de su corazón parecían hacer eco en toda la tienda. Se quedó parado allí por un buen rato, como si de pronto él también se hubiese convertido en un objeto sin vida.

Al momento se oyó el ruido de un auto deteniéndose frente a la tienda. La luz de los faros se colaba por debajo de la puerta. Más ruidos. Ahora eran pasos, pasos de varios hombres, sin duda. Golpes en la puerta y gritos.

De una forma u otra nos vamos a cobrar ese dinero, imbécil. ¡Sal ahora o entraremos! se oyó desde la calle.

Vi sus ojos girar hacia mí casi instintivamente. Me cogió por el mango y me presionó con fuerza. Sus manos sudaban tanto o más que su rostro. Sus pupilas estaban dilatadas y podría jurar que le zumbaban los oídos.

Una sombra se movía por la ventana que daba a la calle. Mi dueño vaciló por un momento, pero luego dio un brinco y se paró junto a la ventana, agazapado junto a la pared, esperando que pase lo que pasó. Un tarro metálico lleno de basura hizo estallar la ventana en pedazos y rodó hasta la mitad de la tienda.

Al instante, un hombre se deslizó por la abertura hacia adentro. Aguantando la respiración y con un movimiento rápido, mi dueño cogió al intruso por detrás y luego, con una fuerza que le desconocía, me clavó contra su pecho. Casi la totalidad de mi hoja se enterró en ese cuerpo, que se estremecía perdiendo la vida poco a poco.

Cuando nos dimos cuenta ya era muy tarde. Otro sujeto nos apuntaba desde fuera de la tienda con un arma y disparó tres veces. La primera bala destruyó el mostrador, pero las siguientes atravesaron la pierna y abdomen de aquel hombre al que yo había servido por tanto tiempo, lanzándolo contra el piso, que lentamente fue tiñéndose de un rojo escarlata profundo.

El sujeto, aún con la pistola humeante en la mano, ingresó por la ventana y lo remató de un disparo en la cabeza, mientras hacía una mueca de asco. Luego comprobó que el cuerpo de su amigo tenía menos vida que el mío y le cerró los ojos con la palma de la mano. Antes de irse, se fijó en mí por un instante, como si acabara de ver un objeto extraño y no un simple cuchillo manchado de sangre. Me levantó, me observó con detenimiento, cubrió mi hoja con un pañuelo y me guardó en el bolsillo de su casaca. Dio media vuelta y se fue en silencio, tal y como había entrado.

Fue así que dejé mis faenas de diez o doce horas en la carnicería y me convencí de que mi existencia no sería aburrida nunca más. Sólo espero que mi nuevo dueño me deje probar, aunque sea una vez más, el calor de la sangre de un cuerpo vivo, esa sensación tan desconocida para mí, que muy a mi pesar, tengo que decirles, me gustó.

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El autor de Filo (Francisco Javier Apaza) tiene 23 años. Recientemente egresado de Ciencias de la Comunicación de la UNSA. Lee por placer. Escribe por necesidad. Contacto: franciscojavierx@gmail.com

jueves, 5 de enero de 2012

Los incompletos


Por Wilber Frisancho Del Carpio

Suicidarse, piensa, no es un acto valiente ni cobarde, sino natural y silencioso.

Es un adolescente alto y delgado, que odia a la soledad pero teme la compañía. Ha clavado su mirada en alguna parte del techo de su habitación, apoyando su espalda en una columna de éste. A pesar del oceánico silencio que requiere su plan, el volumen de su radio se encuentra altísimo, y el croquis que estaba diseñando se ha convertido rápidamente en una maraña de garabatos desperdigados en un cuaderno anillado y grueso.

Sus padres interpretan una utopía íntima. Su madre se coloca, todos los días, una almohada debajo de la bata celeste antes de iniciar su día. Se levanta con una pesadez simulada, se dirige a la cocina y busca en el refrigerador cualquier comida que alcance la categoría de “antojo”. Por otro lado, su padre está alargando su jornada ordinaria de trabajo para agradar, más de lo debido, a sus jefes más inmediatos (desde la ventana de su oficina observa a la nueva masa de despedidos, varios de ellos tienen su edad). De regreso a casa, lleva pañuelos, sonajas o cualquier juego infantil para su hijo imaginado que, sin duda alguna, es el sustento de la existencia de su compañera, y la justificación de su matrimonio.

Todavía no ilumina su habitación y baja, lentamente, el volumen de su radio. Sin embargo siente la necesidad de compensar el aletargado ambiente con una fuerte actividad suya: camina en redondo, de forma rápida y torpe, por la habitación chocando sus rodillas con los cajones de su escritorio y los pies de la cama. También busca pañuelos para frenar el sudor que desciende de su frente, a sabiendas que no los usa.

Hoy es domingo, su padre podrá realizar sus ejercicios matutinos, sin apuro; fiscalizará si ha dejado algún oficio o memorando inconcluso de 10 a 12; regresará a casa y realizará un pequeño paseo con su madre.

Sus piernas flaquean y siente demasiado cansancio. Ya echado sobre su cama, soporta el ardor en sus ojos. Trata de descansar pero los gritos de sus padres lo despiertan, avisándole que darán un paseo corto por las afueras de la ciudad, él no contesta pero balbucea monosílabos que calman la inquietud de sus padres. Segundos después, siente el motor del automóvil de su familia prendido. Decide abrir las persianas y despedirlos, pero se detiene.

Se equivocó. Sus padres todavía no han salido del edificio porque se encuentran, totalmente absortos, contemplando cómo la vecina del piso inferior le reclama al vigilante más cuidado con las cosas, éste simplemente asiente con la cabeza, de forma pasiva, pero ella persiste. Ellos se acercan y tratan de calmarla, ella los mira con reproche. Deciden dejarla y abordan al vigilante con miradas hoscas. Levanta la cabeza y dice: “La señora peleaba demasiado con su esposo e hijos, éstos decidieron tomar su cosas, incluido el automóvil .Un poco anonadados por la repuesta, se alejan lentamente en dirección hacia la puerta de la residencial buscando un taxi confiable –el automóvil se encuentra en reparación.

A medio camino, el vigilante los alcanza y con la mano derecha les señala su apartamento, intenta decir el número pero solo emite balbuceos. Se desesperan y deciden volver. Primero imaginan un robo pero luego descartan la idea. Suben las escaleras, él más rápido que ella –obviamente–, y observa a su hijo con las manos apoyándose sobre la baranda con varios hilos de sangre que salen de sus antebrazos.

Ocurrió lo más esperado y menos deseado: un suicidio pomposo y torpe, concluye.

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Wilber Frisancho Del Carpio (Arequipa, 1986). Estudia Derecho en la Universidad Nacional de San Agustín. Su autor favorito es el Premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee. También gusta de la obra de clásicos como Tolstoi, Stendhal y Maupassant. Entre los contemporáneos menciona al argentino Alan Pauls y al bosnio-estadounidense Aleksandar Hemon.

Datos personales

Mi foto
(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colabora desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Punto en línea (UNAM, México), Buensalvaje (Perú) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" (Ediciones Altazor, 2012) y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). Acaba de aparecer "Bitácora del último de los veleros" (Aletheya, 2016).

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