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jueves, 25 de agosto de 2011

Los 12 consejos de Roberto Bolaño para escribir un buen relato

En alguno de los libros de Roberto Bolaño, el lector podrá encontrar, según la edición, un breve ensayo de lo que el autor de Los detectives salvajes o 2666 creía que era imprescindible para escribir un excelente relato. En esta mínima poética del cuento, Bolaño transita por los autores que cree necesarios leer para culminar una pieza genial del género breve. Sin embargo, lo que sorprende de estos doce consejos son las tres primeras sentencias con las que arranca el escritor chileno.

El primer y segundo consejo que nos lanza Bolaño es que el cuentista mantenga una creación múltiple, que nunca escriba un relato, lo acabe y empiece otro, sino que trabaje en varios simultáneamente, si pausa ni descanso.

Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de 15 en 15”, explica el escritor en sus dos primeras recomendaciones.

Luego, redunda en dicha sentencia cuando nos alerta de nuevo de la tentación de escribir relatos de dos en dos. Según afirma, es tan dañino como intentarlo de manera individual.

“Lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes”, dice en su tercer consejo.

Una vez enunciadas estas tres premisas, Bolaño nos acerca a los escritores que él piensa que son referentes ineludibles de la narrativa breve. En su cuarta receta, nos aconseja la lectura de las obras de Horacio Quiroga, de Felisberto Hernández, Jorge Luis Borges o Augusto Monterroso; también de Julio Cortázar o Bioy Casares. Y, luego, lanza un feroz dictamen en el cuarto punto.

“Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura”, reitera.

Según avanzamos en estas 12 instrucciones para escribir un cuento de Bolaño, nos tropezamos con otro consejo casi emitido a grito pelado, justo en el ecuador de la decena de dictámenes:

Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así”, apostilla el escritor chileno.

Poco a poco, esta docena de sentencias nos aproxima a más lecturas imprescindibles. Y de manera implícita, Bolaño nos conmina a que evitemos la imitación literaria de nuestros referentes.

“Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!”, asegura en su séptimo apartado.

A continuación, su prédica número nueve nos pide que leamos a Petrus Borel o que vistamos como él; pero, además, casi exige -en un tono imperativo e irónico- que nos adentremos en las obras de Jules Renard, Marcel Schwob, Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges.

Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas”, escribió el autor chileno.

Con estas palabras llega al punto número diez para retroceder al anterior. El punto número nueve enuncia a otro de los grandes del relato. No es sino Edgar Allan Poe. Bolaño dice que con la lectura de sus obras “todos tendríamos de sobra”.

Entre los libros y autores “altamente recomendables”, el autor chileno nos aconseja en su undécimo aforismo didáctico lo sublime del Seudo Longino o los sonetos del “desdichado y valiente” Philip Sidney. Asimismo, rememora la lectura de La antología de Spoon River (Edgar Lee Masters) o Suicidios ejemplares (Enrique Vila-Matas).

Por último, aparece en el ensayo de Roberto Bolaño un mensaje para iniciados bajo el epígrafe número 12 de cierre. Nombra así a dos de los maestros del cuento contemporáneo, las plumas que, a un lado y otro del Atlántico, han marcado los pasos del género.

“Lean (…) también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo”, finaliza Bolaño.

jueves, 11 de agosto de 2011

El libro de lo grotesco

Por Por Sherwood Anderson

El escritor, un anciano de bigote blanco, se metió en la cama con dificultad. Las ventanas de la casa en que vivía eran muy altas y él quería ver los árboles cuando se despertaba por la mañana. Vino un carpintero para arreglarle la cama y dejarla a la altura de la ventana.

Se organizó un buen revuelo con aquello. El carpintero, que había sido soldado en la Guerra Civil, entró en la habitación del escritor y le propuso construir una tarima para elevar la cama. El escritor tenía unos cigarros por ahí y el carpintero se puso a fumar.

Los dos discutieron un rato sobre el modo de elevar la cama y luego hablaron de otras cosas. El soldado sacó la guerra a colación. De hecho, el escritor le empujó a hacerlo. El carpintero había estado en la prisión de Andersonville y había perdido a un hermano. El hermano había muerto de hambre y siempre que el carpintero hablaba de ello se echaba a llorar. Al igual que el anciano escritor, tenía el bigote blanco y, cuando lloraba, fruncía los labios y el bigote se movía arriba y abajo. Aquel anciano lloroso con un cigarro en la boca resultaba ridículo. Al final, olvidaron el modo en que el escritor había pensado elevar la cama y el carpintero acabó haciéndolo a su manera y el escritor, que pasaba de los sesenta años, tenía que ayudarse de una silla para meterse en la cama por las noches.

En la cama el escritor se tumbó sobre un costado y se quedó quieto. Hacía muchos años que le preocupaba el estado de su corazón. Era un fumador empedernido y tenía palpitaciones. Se le había metido en la cabeza que un día moriría de forma repentina y al acostarse siempre le acometía aquella idea. No tenía miedo. En realidad, surtía en él un efecto raro y difícil de explicar. Se sentía más vivo, allí en la cama, que en cualquier otro momento del día. Yacía totalmente inmóvil y su cuerpo era viejo y ya no servía de mucho, pero algo en su interior seguía siendo joven. Era como una mujer encinta, sólo que lo que llevaba en su seno no era un bebé sino un joven. No, no era un joven: era una mujer, joven y vestida con una cota de malla como la de un caballero andante. Aunque, en realidad, es absurdo tratar de explicar lo que el anciano escritor llevaba dentro mientras estaba tumbado en su cama elevada y escuchaba las palpitaciones de su corazón. Lo que de verdad importa es saber lo que pensaba el escritor, o aquel ser joven que había en su interior.

El anciano escritor, igual que le ocurre a todo el mundo, había pensado muchas cosas a lo largo de su longeva vida. En sus tiempos había sido bastante apuesto y varias mujeres se habían enamorado de él. Y, por supuesto, había conocido a gente, mucha gente. Y, por supuesto, había conocido de un modo particulamente íntimo, distinto del modo en que usted o yo conocemos a la gente. Al menos eso creía el anciano escritor y la idea le gustaba. ¿Por qué discutir con un viejo cerca de lo que cree lo deja de creer?

En la cama el escritor tuvo un sueño que no era un sueño. A medida que se iba quedando dormido, aunque todavía despierto, empezaron a aparecer figuras ante sus ojos. Pensó que aquel ser joven e imposible de describir que llevaba dentro estaba haciendo desfilar una larga procesión de figuras ante sus ojos.

Lo interesante de esto radica en las figuras que pasaron ante los ojos del escritor. Eran todas grotescas. Todos los hombres y mujeres que el escritor había conocido en su vida se habían vuelto grotescos.

No todos eran horribles. Algunos eran graciosos, otros casi hermosos y uno, una mujer que parecía muy desmejorada, impresionó mucho al anciano por lo grotesca que era. Cuando la vio pasar soltó un ruido como el gañido de un perrito. Cualquiera que hubiese entrado en ese momento en la habitación habría pensado que el anciano tenía una pesadilla o sufría tal vez de indigestión.

A lo largo de una hora, la procesión de personajes grotescos desfiló ante los ojos del anciano, y luego, aunque le costara un gran esfuerzo hacerlo, salió a rastras de la cama y empezó a escribir. Varios de aquellos seres grotescos le habían causado una impresión muy profunda y quería describirla.

El escritor estuvo una hora trabajando en su mesa. Al final escribió un libro que llamó El libro de lo grotesco. Nunca llegó a publicarse, pero yo tuve ocasión de leerlo una vez y dejó una huella indeleble en mi imaginación. El libro tenía una idea central que resulta un tanto extraña y que no he olvidado jamás. Recordándola, he podido comprender a mucha gente y muchas cosas que antes me habían resultado incomprensibles. Era una idea complicada, pero se podría explicar de forma sencilla más o menos así:

Al principio, cuando el mundo era joven, había una enorme cantidad de ideas, pero no eso que llamamos una verdad. Fue el hombre quien hizo las verdades y cada una de ellas consistía en una mezcla de varios pensamientos más o menos vagos. Las verdades se extendieron por todo el mundo y todas eran hermosas.

Y luego apareció la gente. A medida que fueron llegando, cada cual se apropió de una verdad y algunos que eran más fuertes se apropiaron de una docena de ellas.

Lo que volvía grotesca a la gente eran las verdades. El anciano tenía una teoría muy elaborada al respecto. En su opinión, siempre que alguien se apropiaba de una verdad, la llamaba su verdad y trataba de regir su vida por ella, se convertía en un ser grotesco y la verdad que había abrazado se transformaba en una falsedad.

Cualquiera imaginará que el anciano, que se había pasado la vida escribiendo y haciendo acopio de palabras, escribió cientos de páginas a propósito de aquel asunto. La cuestión llegó a adquirir tales proporciones en su imaginación que él mismo corrió el riesgo de volverse grotesco. No llegó a serlo, supongo, por la misma razón por la que nunca publicó el libro. Lo que le salvó fue aquel ser joven que llevaba en su interior.

En cuanto al anciano carpintero que arregló la cama del escritor, tan sólo lo he traído a colación porque, como les ocurre a muchos de esos a los que llamamos gente corriente, se convirtió en lo más parecido a algo comprensible y amable de entre todos los seres grotescos del libro del escritor.

martes, 2 de agosto de 2011

Varios consejos



Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés [idioma]vigoroso. Sé positivo, no negativo.
  • La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.
  • Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como "espléndido, grande, magnífico, suntuoso".
  • Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.
  • Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
  • Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias...
  • A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.
  • Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

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(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colabora desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Punto en línea (UNAM, México), Buensalvaje (Perú) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" (Ediciones Altazor, 2012) y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). Acaba de aparecer "Bitácora del último de los veleros" (Aletheya, 2016).

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