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martes, 15 de octubre de 2013

El gran Fitzgerald


Por Fernando Ampuero*

La gran mayoría de escritores, por si no lo saben, pertenece a una especie benigna de esquizofrénicos. En cada escritor, digamos, hay dos personas: el autor propiamente dicho, que existe gracias al acto de escribir, y el sujeto que luego lee o evoca lo que ha escrito (vale decir, una persona común y corriente, aunque con una eventual hipertrofia de la autoestima). Francis Scott Fitzgerald, por cierto, fue uno de estos locos lindos. 

Fitzgerald creí­a, como Simenon, que la literatura no era una profesión, sino una vocación de infelicidad. Escribí­a, sin duda, para desnudar su alma, y, en esa franca impudicia, para embarcar a sus lectores en una visita guiada al nido de todos sus fracasos. Más claro: querí­a ser un romántico, pero a la vez un autor moderno. Y de hecho lo logró. El gran Gatsby (1925), novela que supo reflejar en la primera hora el sueño americano, retomó uno de los personajes más interesantes de la literatura universal: el advenedizo, el parvenu, el arribista social. Jay Gatsby es el misterioso, elegante y gangsteril heredero del Barry Lyndon de Thackeray, del Julien Sorel de Stendhal, del George Du Roy de Guy de Maupassant. Gatsby no esconde el retrato de Napoleón bajo la almohada, como Julien Sorel, sino que desea deslumbrar con sus riquezas malhabidas a la bella y frívola Daisy Miller. Pero no hay vanidad en ese gesto. Hay amor, del verdadero, del que trastorna para siempre. Gatsby había conocido a Daisy algunos años atrás, en los días previos a la Primera Gran Guerra, cuando él era un chico pobre que tenía por toda credencial el uniforme militar que lo hací­a más apuesto. La guerra, y las diferencias sociales, los separaron. Pero Gatsby hizo fortuna y volvió, compró un palacio en el West Egg (el balneario chic de Long Island, New York) y conoció a su vecino, Nick Carraway, el primo de Daisy y el perspicaz testigo-narrador del romance, de la infatigable ilusión y la espera, de las fiestas espléndidas.

Nick es la simpatía andando, la sensibilidad, el mago que organiza el relato y consigue que este melodrama de tres por cuatro se convierta en una obra magistral. Nick, hombre discreto, es parte de los ricos, pero desprecia su idiotez y su superficialidad. Nick, por último, se conmueve con Gatsby, tan pronto descubre que, como tantos advenedizos, cifra en la ostentación "la concepción platónica de sí mismo" y la esperanza del amor. 

Esta novela, como se sabe, llegó gorda de páginas a las manos de Max Perkins, el editor de Fitzgerald, y entró en la imprenta igual de sustanciosa, pero mucho más ligera y esbelta. A pesar de la buena recepción crí­tica que tuvo la obra -T.S.Eliot y Edmund Wilson la saludaron con enorme entusiasmo-, tardó déadas en imponerse como una de las novelas capitales en EE.UU, encabezando por medio siglo todas las listas de preferencias. Acusan a Fitzgerald de ser excesivamente literario.

Yo discrepo con ese punto de vista. Lo literario por lo general es un abuso de los adverbios y los adjetivos que doran la pí­ldora. Fitzgerald, un artista de la palabra, diseña personajes perfectos, cuaja frases maravillosas y rara vez pierde el equilibrio. Y si a veces parece que cayera en cursilerí­as, la suya es una caída brillante, la pifia lujosa que acompaña a las grandes pasiones.


* Viaje de ida (Ensayos/Notas/Prosas), páginas 13 y 14.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sobre escribir en primera persona

Por Ernest Hemingway

Cuando empiezas a escribir en primera persona, si las historias resultan tan reales que la gente se las cree, los lectores pensarán casi siempre que esas historias te sucedieron de verdad. Y es natural porque, al inventarlas, hiciste que le sucedieran a la persona que las contaba. Si lo logras, consigues que el lector crea que estos hechos le sucedieron también a él. Y si eres capaz de hacerlo, empiezas a conseguir lo que pretendías, que es construir algo que se convertirá en parte de la experiencia del lector y en parte de su memoria. Habrá cosas que no notó al leer la historia o la novela, pero que, sin que se dé cuenta, penetrarán su memoria y su experiencia, de modo que pasarán a formar parte de su vida. Conseguirlo no es sencillo.
Aunque no sea sencillo, lo que sí es casi siempre posible para los miembros de la escuela de detectives privados de crítica literaria es demostrar que el escritor de ficción que escribe en primera persona seguramente no ha hecho todo lo que ha hecho el narrador, o tal vez, nada. La importancia que puede tener o lo que puede demostrar, más allá de que el escritor no carece de imaginación o de inventiva, es algo que no he entendido jamás. 
En los primeros tiempos en París, solía inventarme hechos no sólo a partir de mi propia experiencia, sino de las experiencias y el conocimiento que tenía de mis amigos y de la gente que conocía o que me habían presentado y recordara, que no fueran escritores. Siempre tuve la suerte de que mis mejores amigos no fueran escritores y de haber conocido a mucha gente inteligente que sabía expresarse muy bien. En Italia, cuando estuve allí durante la guerra, por algo que hubiera visto o me hubiera sucedido a mí, descubrí cientos y cientos de cosas que le habían sucedido a otra gente que había vivido la guerra en todas sus fases. Mis pequeñas experiencias me sirvieron de guía para saber si las historias eran verdaderas o falsas, y resultar herido fue un santo y seña. Después de la guerra pasé mucho tiempo en 19th Ward y otros barrios italianos de Chicago con un amigo italiano al que había conocido en el hospital de Milán. Entonces era un joven oficial y había resultado herido de gravedad en varias ocasiones. Había ido desde Seattle, creo, a Italia para visitar a su familia, y cuando Italia entró en guerra se ofreció como voluntario. Éramos muy buenos amigos y él era un narrador excepcional. 
En Italia conocí también a muchos miembros del ejército británico y de su servicio de ambulancias. Mucho de lo que más adelante inventé al escribir lo aprendí de ellos. Durante muchos años, mi mejor amigo fue un joven soldado profesional británico que en 1914 había ido de Sandhurst a Mons, y que había servido con las tropas hasta el final de la guerra en 1918. 


jueves, 15 de agosto de 2013

Mario Vargas Llosa en brasil


Ahora, esa literatura globalizada de gran tiraje, de grandes ventas, por ejemplo, Paulo Coelho, Harry Potter, esas sagas. ¿Eso tiene valor en sí, es bueno en algún aspecto? ¿O es meramente comercial?

Yo creo que siempre existió. Siempre ha existido junto a la literatura seria, una literatura de puro entretenimiento. No está mal, es preferible que la gente lea a que no lea. ¿No es cierto? Ahora, lo terrible ocurriría si esa literatura arrolla a la otra y la desaparece. Entonces sí me parece muy grave. Yo creo que esa literatura es una literatura totalmente pasajera, totalmente efímera, a veces muy divertida, entretenida. Mientras coexista con la otra: la literatura más permanente, la literatura que tiene raíces, que expresa siempre una problemática viva, no importa nada, creo que está bien. Y hay un fenómeno que creo que es muy interesante. Yo he hablado muy mal de la televisión y creo que tendría que hacer una corrección. Últimamente en la televisión han comenzado a aparecer unas series donde de pronto hay una creatividad muy interesante. No sé si han visto, por ejemplo, "The Wire". Es un fenómeno muy interesante, una creatividad de tipo artístico.

Ricardo Piglia: Borges cuentista


"Para Borges el problema no es cómo la realidad aparece en la ficción sino de qué manera la ficción aparece en la realidad. Es decir, de qué manera la ficción también construye nuestro concepto de realidad. Y cuando digo ficción no sólo me refiero a la tradición de la ficción que influye sobre los acontecimientos y los sujetos, como puede ser El Quijote: las lecturas de las novelas de caballería que le organizan una realidad distinta a don Quijote. O el caso de Madame Bovary: la lectura de novelas sentimentales construye para ella un mundo, digamos, de ambiciones románticas que tratan de reproducir lo que ha leído. Sino también lo que podríamos llamar también ficciones del Estado, ficciones de los grupos de poder, construcciones imaginarias que también hacen a nuestra vida concreta. De modo que la realidad nunca es tan sencilla y la realidad también está construida con ese juego entre lo posible y lo irreal, digamos. Y me parece que Borges, uno de los efectos que podemos llamar sociales más intensos de la obra de Borges, creo yo, es que nos ayuda a comprender de qué manera la realidad está tejida también con ilusiones, con fantasías, con elementos imaginarios y que muchas veces nuestra concepción inmediata de lo que es la realidad, incluso las realidades personales están  siempre también tejidas con ficciones, ficciones que a veces nosotros mismos nos construimos. La idea de quiénes somos también es un relato que nos hacemos a lo largo de nuestra vida, y tenemos la ilusión de que el personaje es siempre es el mismo: somos nosotros que recordamos cómo éramos en la infancia y cuáles son los acontecimientos que motivaron cierto tipo de desdichas o cierto tipo de felicidades... pero en verdad ese relato es un relato imaginario: somos muchos, somos varios al mismo tiempo, nunca podemos hacer una historia tan lineal de nuestra propia vida, nunca los acontecimientos centrales de la vida están construidos con la intensidad con la que nosotros mismos los recordamos, muchas veces aquellas decisiones que nos parecen fundamentales fueron tomadas sin que nos diéramos cuenta, no siempre los momentos de decisión son tan claros como en Hamlet, ¿no? No siempre tenemos el momento en que podemos decidir verdaderamente aquello que vamos a hacer. Muchas veces hacemos las cosas centrales de nuestra vida: nos enamoramos o tomamos decisiones que influyen a lo largo de toda nuestra experiencia, sin darnos cuenta. Luego, retrospectivamente, reconstruimos esa situación: construimos una cierta ficción de lo que somos nosotros mismos y entonces, sí, podemos decir que hemos tenido una vida que ha tenido cierto sentido." (Ricardo Piglia)


LA FORMA DE LA ESPADA
Por Jorge Luis Borges

 Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido, trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental, abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía correspondencia.
         La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
          Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron. Bebimos largamente, en silencio.
          No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó; durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz habitual:
         —Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio, ninguna circunstancia de infamia.
         Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el portugués:
          “Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel, en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y en otras peces y montañas... En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de Munster: un tal John Vincent Moon.
         Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas... Ya era de noche; seguimos disintiendo en el corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía: dictaminaba con desdén y con cierta cólera.
         Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudía Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste, mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.
         En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste (a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos. Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su “herida” era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:
         —Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.
          Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)
          Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un severo interrogatorio sobre los “recursos económicos de nuestro partido revolucionario”. Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un doloroso espasmo en el hombro.
         Entonces comprendí que su cobardía era irreparable. Le rogué torpemente que se cuidara y me despedí. Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde, no Vincent Moon. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso río es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.
         Nueve días pasamos en la enorme casa del general. De las agonías y luces de la guerra no diré nada: mi propósito es referir la historia de esta cicatriz que me afrenta. Esos nueve días, en mi recuerdo, forman un solo día, salvo el penúltimo, cuando los nuestros irrumpieron en un cuartel y pudimos vengar exactamente a los dieciséis camaradas que fueron ametrallados en Elphin. Yo me escurría de la casa hacia el alba, en la confusión del crepúsculo. Al anochecer estaba de vuelta. Mi compañero me esperaba en el primer piso: la herida no le permitía descender a la planta baja. Lo rememoro con algún libro de estrategia en la mano: E N. Maude o Clausewitz. “El arma que prefiero es la artillería”, me confesó una noche. Inquiría nuestros planes; le gustaba censurarlos o reformarlos. También solía denunciar “nuestra deplorable base económicá', profetizaba, dogmático y sombrío, el ruinoso fin. C'est une affaire flambée murmuraba. Para mostrar que le era indiferente ser un cobarde físico, magnificaba su soberbia mental. Así pasaron, bien o mal, nueve días.
         El décimo la ciudad cayó definitivamente en poder de los Black and Tans. Altos jinetes silenciosos patrullaban las rutas; había cenizas y humo en el viento; en una esquina vi tirado un cadáver, menos tenaz en mi recuerdo que un maniquí en el cual los soldados interminablemente ejercitaban la puntería, en mitad de la plaza... Yo había salido cuando el amanecer estaba en el cielo; antes del mediodía volví. Moon, en la biblioteca, hablaba con alguien; el tono de la voz me hizo comprender que hablaba por teléfono. Después oí mi nombre; después que yo regresaría a las siete, después la indicación de que me arrestaran cuando yo atravesara el jardín. Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome. Le oí exigir unas garantías de seguridad personal.
         Aquí mi historia se confunde y se pierde. Sé que perseguí al delator a través de negros corredores de pesadilla y de hondas escaleras de vértigo. Moon conocía la casa muy bien, harto mejor que yo. Una o dos veces lo perdí. Lo acorralé antes de que los soldados me detuvieran. De una de las panoplias del general arranqué un alfanje; con esa media luna de acero le rubriqué en la cara, para siempre, una media luna de sangre. Borges: a usted que es un desconocido, le he hecho esta confesión. No me duele tanto su menosprecio”.
         Aquí el narrador se detuvo. Noté que le temblaban las manos.
         —¿Y Moon? —le interrogué.
         —Cobró los dineros de Judas y huyó al Brasil. Esa tarde, en la plaza, vio fusilar un maniquí por unos borrachos.
         Aguardé en vano la continuación de la historia. Al fin le dije que prosiguiera.
         Entonces un gemido lo atravesó; entonces me mostró con débil dulzura la corva cicatriz blanquecina.
         —¿Usted no me cree? —balbuceó—. ¿No ve que llevo escrita en la cara la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin. Yo he denunciado al hombre que me amparó: yo soy Vincent Moon. Ahora desprécieme.


1942

miércoles, 8 de mayo de 2013

DIEZ CLAVES PARA ESCRIBIR

Consejos de Rosa Montero
La escritora Rosa Montero (Madrid, 1951) impartió un cibertaller de escritura durante la Feria del Libro de Guadalajara en el año 2010. Aquí están algunos de sus consejos sobre los entresijos de escribir.
1. ¿Para qué se escribe?
“Uno no escribe para decir nada, sino para aprender algo. Escribes porque algo te emociona y quieres compartir esa emoción. Y tú, sin duda, sientes esas emociones que son más grandes que tú, y por eso quieres escribir, ¿no? No se trata de soltar mensajes sesudos”.
2. ¿Cómo empezar?
“Toma notas de las cosas que te llamen la atención o te emocionen. Y déjalas crecer en la cabeza. Luego, escribe un cuento en torno a una de las ideas… Para hacer dedos, también hay ejercicios. Por ejemplo, escribe un recuerdo importante de tu vida contado por otra persona. Puedes hacer ejercicios como escribir algo que haya sido muy importante en tu vida, quizá en tu infancia, pero contado desde fuera por un narrador real (por ejemplo un tío tuyo) o inventado, e incluyéndote como personaje”.
3. ¿Cómo enfrentarse a la página en blanco?
“Llamar la atención es el primer paso. El huevecillo. Déjalo crecer en la cabeza… Juega a imaginar en torno a eso. Consecuencias de los hechos, posibilidades… Se escribe sobre todo en la cabeza. Y cuando tengas más o menos una historia, escríbela.
En cuanto a la rutina, depende del escritor. Tienes que encontrar tu método. Yo no tengo rutinas horarias, pero para escribir desde luego tienes que trabajar. Siempre es bueno forzarte a sentarte todos los días un rato, aunque no sea a la misma hora, y aunque no escribas nada”.
4. ¿Es bueno escribir sobre uno mismo?
Hay escritores que hablan de su propia vida, pero que son tan buenos que consiguen convertirla en algo universal (como Proust o Conrad en El corazón de las tinieblas) y otros que cuentan cosas que no tienen nada que ver con ellos en apariencia, pero que las sienten como propias. O sea, que es un problema de calidad… Si eres bueno, aunque narres algo real, harás algo universal. Eso sí, creo que hay más posibilidades de hacer mala literatura si escribes de tu propia vida, sobre todo si eres un autor joven. El autor joven siempre escribe de sí mismo aun cuando hable de los demás, y el autor maduro siempre escribe de los demás aun si habla de sí mismo. Ése es el lugar que hay que ocupar. La distancia con lo narrado. No importa que el tema sea ‘personal’ si lo escribes desde fuera”.
5. ¿Cómo se elige el nombre de un personaje?
“Los personajes suelen traer su propio nombre. ‘Escucha’ lo que te dicen. Es decir, escucha el nombre que se te ocurre al pensar en él. El escritor maduro es el que tiene la modestia suficiente para dejarse contar la novela o el cuento por sus personajes”
6. ¿Qué hacer ante el bloqueo del escritor?
“Ah, sí, el bloqueo existe, sin duda. La seca, lo llamaba Donoso, porque se te seca la cabeza. Pero a veces no es un verdadero bloqueo, sino miedo, exigencia excesiva. No hay manera de escribir sin dudas: siempre se duda horriblemente. Se escribe a pesar de las dudas. Y el completo goce tampoco es tal… A menudo escribir es como picar piedra”.
7. ¿Y ante el embrollo de ideas que luchan unas con otras?
“Sí, ése es un problema. No has conseguido enamorarte lo suficiente de una idea. A veces me ha pasado. Creo que es porque le damos demasiadas vueltas racionales: ¿saldrá mejor esta historia? ¿O esta otra? Ponte frente a tus ideas, escoge la que más te emocione y olvida las demás”.
8. ¿Es bueno juntar textos diferentes sobre el mismo tema?
“Pues no me parece mala idea intentar construir un todo con esos textos… Mira a ver si el conjunto te sugiere algo más. En estos casos, el todo tiene que aportar algo más que la suma de las partes… Es un buen ejercicio”.
9. ¿Hay que dejar dormir los textos?
“Tardo unos tres años en cada novela; el primer año, la historia va creciendo en mi cabeza, en cuadernitos, en fichas y grandes cuadros de la estructura, personajes, etcétera. Cuando ya sé todo, los capítulos que va a tener y qué va a pasar, me siento frente a la computadora, y vuelve a cambiar”.
10. ¿Cómo encontrar el final de una novela?
“De nuevo, depende de las personas. A mí el final se me ocurre muy pronto y escribir es conseguir llegar a ese final… Pero a otros escritores se les ocurre el final mientras escriben, porque la novela es una criatura viva que te enseña. Déjate llevar. Es lo que hay que hacer”.

miércoles, 24 de abril de 2013

Los ingobernables *

Fernando Morote (Piura, 1962). Autor de las novelas “Los quehaceres de un zángano” (2009) y “Polvos ilegales, agarres malditos” (2011). También del poemario “Poesía Metal-Mecánica” (1994). Ganador del Concurso Sexto Continente de Relato Erótico (Madrid, 2010). Finalista del VII Premio Internacional Vivendia-Villiers de Relato (Madrid, 2012). Sus textos han sido incluidos en las antologías “El sabor de tu piel” (2010), “Microantología del Microrrelato II (2010) y “Eros de Europa y América” (2011) de Ediciones Irreverentes de España. Varios de sus relatos han sido publicados en la edición digital del periódico Irreverentes de Madrid. Ha colaborado con diarios y revistas de su país. Actualmente vive en Nueva York.

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No éramos una banda de delincuentes. Ni siquiera éramos una pandilla de malandrines. Éramos simplemente nosotros: los ingobernables…
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Cuando nos cruzamos por primera vez, en los estrechos pasajes de Pompeya, supimos que pertenecíamos a la misma estirpe. Haraganes por vocación, nos unía el lazo común de la indiferencia. Ayudar con las tareas de la casa o cumplir los deberes del colegio no figuraba entre nuestras prioridades. Nos interesaban otro tipo de detalles. ¿Soltera o divorciada? ¿Casa propia? A quién podía importarle. A lo mejor algo no funcionaba bien en nosotros.
Grandes conversadores, no éramos. Guapos, que digamos, tampoco. Corpulentos o fortachones, ni en broma. Y carro, no teníamos. Adolecíamos por completo de disciplina. No respondíamos a la imagen de jóvenes dinámicos, graduados con honores, entrando temprano a engrosar las filas de la fuerza productiva. Muchos nos señalaban como vulgares y malogrados.  
                                                                      3                                                                
Nuestras casas formaban parte de un conjunto habitacional construido bajo el concepto de viviendas unifamiliares de interés social. Agrupadas en manzanas, se identificaban con una letra del alfabeto. Podían tener una o dos plantas, patio y jardín, o sólo uno de ellos, dependiendo del modelo. Cada unidad llevaba un número. Las calles estaban bautizadas con nombres de flores y pueblos norteños. Llegar a una urbanización como Pompeya, ubicada en el corazón de la capital, representaba un símbolo de progreso para nuestros padres. La mayoría proveníamos de viejos distritos, algunos de lejanas provincias.
                                                                      4
Alguien había intentado sembrar rosas primero, luego geranios. Nada crecía allí. Todo posible ornamento de jardinería rechazaba nuestra presencia o sucumbía ante ella. Era un trozo seco de acera coronado por una banca de cemento. Aunque para los vecinos fuera sólo un nido de pastómanos, para nosotros era la Esquina de las Estrellas.
De día constituía nuestro rutinario punto de encuentro, el escenario natural de espontáneos desfiles de modas e improvisados concursos de belleza. Cada vez que asomaba una buena hembra transformábamos la vereda en una pasarela. Le cedíamos el paso como caballeros y nos convertíamos en miembros del jurado. Nos absteníamos de lanzar piropos; los considerábamos un signo de manipulación barata. En su reemplazo, formulábamos serenas declaraciones salpicadas de comentarios circunspectos. Luego aplaudíamos asignando un puntaje valorado a las cualidades apreciadas. De ser el caso, vivábamos con júbilo. En ocasiones abríamos el debate para resolver eventuales diferencias. Algunas candidatas, muertas de vergüenza, apuraban la marcha, varias de ellas rozaban el límite del bochorno, otras decididamente huían, y unas cuantas entraban al juego, bajaban la velocidad para mostrar lo que tenían, y coqueteaban sin falsos escrúpulos.
Por la noche el espectáculo devenía en algo similar a una función de cine erótico. Mientras Belaúnde insistía en llamar abigeos a los asesinos de personas inocentes en remotos caseríos de Ayacucho, nosotros buscábamos en secreto a nuestra modelo. La espiábamos desnudarse frente a la ventana, esperando la llegada de su gigantesco marido.
–¡Ropero! –le gritábamos al infeliz.
Sólo así, parapetados en los tupidos granados de nuestra guarida, nos vengábamos del escarnio por dejarnos arrechos.

* Fragmento

domingo, 21 de abril de 2013

Crear, creer, matar

Otro relato de un alumno de Taller de Escritura Creativa 2013.

Por Jordan Jáuregui Meza
Te quise como en un bolero y me dejaste como en un tango.
José Rosas Ribeyro
El indio de tu padre nunca nos quiso. Así son los indios: malditos, miserables. No sé qué le fui a ver.
Pero yo soy un indio, mamá. ¿No ves que soy marrón? Fíjate en mi nariz, en mis cabellos, en lo feo que soy. Yo también debo ser un maldito y un miserable.
Tú no eres indio, hijito. Así que no vuelvas a repetir esa tontería…
Claro que lo soy: soy hijo del Indio, soy idéntico a él.
Así lo llamamos: el Indio. Ella fue reina de belleza del distrito, la chica más pretendida, la más bonita del barrio. Aún hoy, algunos viejos la pretenden; y aún hoy, a sus cincuenta y cinco años, ella rechaza a todos. Fiorella es tan hermosa como lo fue mi mamá. Cuando la veo, pienso que está pensando como mi madre al recibir los cortejos de mi padre: «¿qué querrá este indio de mierda conmigo, por qué me sigue tanto, para qué me da tantas cosas? Nunca le voy a hacer caso».
Quiero comprar algo para regalárselo a Fiore, pero no tengo dinero. Tendré que llamar al Indio. Nunca me da dinero fácilmente, invento algún libro urgente para la universidad, y sólo me da la mitad. Es un animal raro, de cerámica, violeta, cubierto con algodón en algunas partes; cuesta veinte soles.
¿Por qué me das esto?
Discúlpame, es que, si no te lo doy, terminaré dándote otra cosa le digo y ella sonríe, adivinando, tal vez, que muero por besarla.
Está bien me contesta, entre resignada y molesta.
Intuyo que Fiorella debe quererme menos que a su perro: Peluso. Una tarde la acompañé hasta su casa y Peluso salió a recibirla. Era un ser muy amigable. Aquella vez, salió saltando y moviendo la cola, como de costumbre. Estaba tan contento, que hasta por un momento me contagió su alegría, y dejé de pensar en el indio miserable que soy. Tan contento, que no vio el carro que terminó pasando sobre una de sus patas. El maldito conductor se dio a la fuga, pero a «Pelu» no lo perdimos de vista.
Sí, soy un indio maldito. El perro está bien, en realidad eso sólo ocurrió en mi mente…
Me urge mucho estar ebrio, no me sentiré mejor: sólo lloraré por todo lo que todavía no me atrevo a liberar. No quiero escribir, sólo fugarme a la mierda. No puedo, ¡carajo!, no puedo escribir. Nunca he escrito desde el dolor, aunque sea eso lo que siempre me digo. No puedo escribir herido, no puedo contenerme la sangre con una mano y escribir con la otra. No puedo escribir con los pies—o quizá sí y ésta es la mejor muestra de ello—: Fiorella, no puedo contarle a estos extraños cómo mierda se dibuja mi paso al seguirte. Me dueles esta noche, tanto como la noche en que comencé a esperarte. No tengo fuerzas para desdoblarme, para sentarme en una butaca y ver cómo te pienso, y escribir cómo me siento, cómo me siento en la butaca. Fiorella, si estuvieras esta noche conmigo, Saló sería poca cosa, te lo juro; aunque no creas en lo que siento. Ahora creo que a esa película le hacen falta Pelusos.

lunes, 18 de marzo de 2013

LA CHICA DE BUTICELLI

Compartimos una narración de un alumno del Taller Virtual de Escritura Creativa. El autor es Alexander Campos (Santa Cruz, Cajamarca, Perú, 1990).


LA CHICA DE BUTICELLI
Por Alexander Campos Soto

“Tal vez sea bueno que el sexo haya pasado ser algo natural para el común de los mortales. Para mí nunca lo fue, no lo es. Ver a una mujer desnuda en una cama ha sido siempre la más inquietante y turbadora de las experiencias.”
                          Mario Vargas Llosa, El pez en el agua

En aquellos años yo vivía en Lima, era joven, y, las personas que me conocían, me consideraban apuesto e inteligente, con un futuro prometedor —cosa que jamás llegué a creer—. Y ahora, con los embates del tiempo, confieso que fue todo lo contrario. De apuesto no me queda ya un recuerdo fijo. Sí, como verán, me clasifico como un perdedor, un escritor fracasado, con miles de proyectos que se quedaron en el tintero.
Lima, durante el invierno, es una ciudad inapropiada para las almas puras y para la melancolía. Y lo único que hacía era leer largas novelas que me compraba con la ayuda de un pariente, que vivía al otro lado del mundo. Tenía las cosas claras: sería escritor y, sobre todo, viviría en París, escribiendo las historias que me harían famoso. No como ahora que me he convertido en una carroña y ya unas canas blancas brotan de mi cabeza.
Después de terminar alguna lectura, me refugiaba en algún café-internet, leía blogs literarios, portales noticiosos (sobre todo, la sección cultural). Y los sábados por la mañana partía  hacia el otro extremo de la ciudad, a la casa de un notable escritor para que revisara mis manuscritos. Todo marchaba perfecto, al menos eso creía yo.
Cuando, no recuerdo cómo, me topé con una extraña página web (muy distinta las que solía frecuentar).  Se ofrecía muchachas de distintas nacionalidades y edades. Desde luego, todas hermosas, blancas como copos de nieve, morenas como el color del pan tostado. Esas imágenes sensuales me entusiasmaron y pensé que la chica de mis sueños —en esos tiempos tenia sueños, ahora no— estaba ahí, refugiada en el mundo del ciberespacio sexual, esperando que al hombre correcto, aquel que la salvara (en este caso vendría hacer yo) para siempre.
Y en efecto la encontré, pues en la página estaban todos sus datos, su número de teléfono y, por supuesto, sus medidas, que eran sin exagerar, las medidas idóneas, perfectas.
Un viernes por la tarde decidí llamarla, recuerdo que estaba nervioso, y un leve sudor nacía de mi frente. Ella tenía un dejo raro al hablar, y a la vez noté que ese dejo le producía una cierta elegancia difícil de definir. Pactamos la cita a las siete de la noche, en el hotel Pacífico de Miraflores.
Siempre acostumbro llegar a las citas a la hora prevista. Y aquella vez no fue la excepción. El hotel se mostraba acogedor. No tardé mucho en registrarme, la recepcionista  me pareció tan cordial que llegué a pensar que se había enamorado de mí. Un camarero de rasgos andinos, me condujo hasta la habitación. A pesar de estar fría, era grande y espaciosa, había sobre la cama una pila de toallas, jabones de baño junto a un rollo de papel higiénico. Una mesita en forma de óvalo, acompañada de dos sillas.
Despaché al camarero, sin darle una propina (ya que en ese tiempo yo también vivía de propinas y mi encuentro con esa criatura de fábula se pudo gestar gracias al ahorro de varios meses). Fui al baño, me alisé el cabello. Y reposé sobre una silla de madera esperando a que llegara la muchacha del aviso sexual.
No pasó mucho tiempo y, en el pasillo, el sonido que producían sus zapatos (tacos altos) con el piso me percató de su presencia.
Toco la puerta y, al abrirla, una leve ráfaga de aire acarició mi cara.
—¡Oh, no puede ser! —exclamó sorprendida, mientras pasó a la habitación. 
            —¿No puede ser qué? —pregunté de inmediato.
            —En esta habitación tuve mi primer encuentro hace muchos años. Nunca he coincidido en la misma habitación. Creo que es señal de buena suerte, ¿no?
            —Tú no eres la chica del aviso —le reclamé, algo furioso—. ¡No eres! Estás un poco gorda y no me gustas.
            —Bueno, papito, no tengo todo el tiempo. Decide tú, yo no me hago paltas…
            Me quedé en silencio contemplando con un inocultable asco sus formas.
            —¿Vamos a acostarnos o no?
            Asentí con la cabeza. Ella cerró la puerta y se empezó a desnudar maquinalmente y se acostó en la cama.
            —Ven —me llamó—. No te voy a defraudar.
            Le hice caso y, al poner la cabeza sobre la almohada, cerré los ojos. Ella me quitaba la ropa con paciencia y yo trataba de pensar en otra cosa. Me hizo sexo oral y luego me dijo:
            —Ya puedes subir, estoy lista.
            Fue la peor relación sexual de mi vida. Apenas terminamos me metí a la ducha y estuve como media hora allí. Salí cuando el agua se enfrió demasiado y ya me resultaba intolerable.
            Ella ya se había ido. Descubrí que dejó una notita con su nombre: Soy Nadia, la chica de Buticelli. Mi correo nadialove@hotmail.com y mi celular 954853546.
            Rompí la tarjeta y me puse a llorar. El mundo era muy injusto: hasta las putas se burlaban de mí. ¿Buticelli o Botticelli? ¿A quién se refería esa estafadora ignorante?
            Antes de irme, recogí del suelo los pedazos de la tarjeta. Al llegar a casa, armé el pequeño rompecabezas y le mandé un correo electrónico en donde le informaba que había sido el mejor polvo de mi vida. “Te extraño”, le dije al final y me sentí un mentiroso profesional. Creo que aún puedo ser escritor, a pesar de todo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

"El binomio madre-hijo, en muchos casos, ha sido fundamental para forjar talentos y para su trascendencia en la historia"

Nikola Tesla (1856-1943), un brillante científico que habría rechazado en alguna oportunidad el premio Nobel  de Física. Su madre no tuvo educación formal alguna, sin embargo, "era brillante y tenía una memoria excepcional". Tesla siempre decía que su progenitora era la fuente de sus capacidades intelectuales.
Se recomendó ver los fragmentos de siete películas (seleccionadas arbitrariamente por Orlando Mazeyra Guillén), en este enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=-7kZtc8LaFs&feature=youtu.be

Y, luego, se formularon algunas preguntas. Acá las respuestas de Paolo Alonso M.


[1] Al comienzo, tenemos “A Bronx Tale” (Un cuento del Bronx, 1993), dirigida por Robert De Niro; el narrador-personaje, Caloyero, nos cuenta, a la distancia, sus recuerdos de infancia; en un fragmento, su padre, un chofer de microbús, le habla de que no hay nada peor en la vida que…

 ·    ¿Por qué intuye usted que el padre le dice esto a su hijo? ¿Lo puede imaginar?
Quizá porque su padre no logró sus objetivos utilizando el talento que le fue cedido, y por eso terminó como chofer y de allí que le comente a su hijo que no desperdicie el talento que puede explotar en el béisbol o en otra actividad, haciendo todo lo posible por canalizar bien sus cualidades para trascender.

 ·    ¿Cree usted que todos los seres humanos nacemos con talentos?
En cierta medida creo que sí, pero, por diferentes circunstancias y relaciones sociales, esos enfoques van cambiando y tornándose diferentes, por tal cuestión, resulta muy importante ante esa certeza de qué sabemos hacer mejor, ser guiados o escuchar siempre las palabras de un tutor, de un padre o de alguien que tenga la experiencia necesaria para poder desarrollar ese talento y no desperdiciarlo por el camino falso y oscuro, como lo eran esos tipos que parecían tener el dominio y un negocio turbio en el barrio.

·    ¿Qué talento o talentos crees que se necesita(n) para crear (novelas, cuentos, películas, obras de teatro, etcétera)?
Es posible que exista una orientación básica al talento para construir escritos al ritmo del pensamiento, sin embargo, de acuerdo a la corriente literaria en dedicación, hay elementos y virtudes sumándose en la actividad diaria del “presenciador” o del experimentador. La sensibilidad por los hechos es vital para percibir detalles y emociones que escaparían a cualquiera. Por otro lado, está el drama existente o el dramatismo generado por nosotros mismos, la insistencia por las inflexiones a cada momento, la comunicación especial con el cosmos, el crecimiento del espectro de la intimidad, la capacidad de crítica instantánea, la elocuencia en contra del sosiego, el sosiego en contra de la velocidad. El talento ramificado en este desarrollo de virtudes crea una construcción sintética de elementos sumatorios que coinciden en un instante, en un momento que viene luego de una constancia afiebrada por seguir aprendiendo y conociendo para la creación de un laberinto semejante a un universo imaginario. El talento se mantiene vigente con la constancia que le dedique el que acepte este reto de formarse como escritor.

[2] En segundo lugar vemos el comienzo una de las películas más hermosas que pude ver en mi vida: “Cinema Paradiso” (1988), del director italiano Giuseppe Tornatore; al inicio la madre del personaje principal lo llama para darle una noticia importantísima…
·    ¿Cómo podría describir usted la sensación que siente el personaje principal al enterarse de que Alfredo ha muerto? Métase en la piel del personaje antes de describir la sensación…
Comienza la retrospectiva:
No podría ser más indiferente, el trabajo y la comodidad lejos de casa no ha sido suficiente para notar que mis sentimientos no han cambiado mucho, la distancia y el tiempo transcurrido no han borrado en nada los recuerdos que tengo de aquellos días fervientes de proyecciones en compañía de ese gran sujeto. Como si ahora todo eso me abrumara de nostalgia, quiero volver, hay voces interiores, y yo las he contradicho durante mucho para olvidarme de mi madre, de mi hermana, y sobre todo de Alfredo, ¿por qué? Hasta ahora no lo sé. Me hubiera gustado al menos haberlo acompañado en sus últimos días, permanecer junto a él y corresponder a un pasado que me había colmado de emociones e ilusiones…

·    Aplique la etopeya y la prosopografía para describir a este personaje, a su madre, y también a la compañera de cama del personaje principal.
ETOPEYA:
·         Personaje principal: Sumido en sus éxitos profesionales. Cómodo y resuelto por la buena posición económica, se sabe quizá ingrato y por eso el tiempo ya no le permite oportunidad para reconocer sus graves errores con su familia.
·         La madre: Desmejorada cada vez más del alma, con las esperanzas aún con luz, pero sintiendo mucho dolor y casi llegando a la locura por la ingratitud de su hijo que no planta cara.
·         La mujer en la cama: Sin ningún tipo de preocupaciones, muy cómoda y aparentemente feliz con la vida generosa que le ha brindado el personaje principal, no desea ahondar más en los detalles de las llamadas y simplemente hace al personaje principal para no entrar en hastíos inoportunos.

PROSOPOGRAFÍA:
·         De buen aspecto, sofisticado, con buena posición económica, con auto, muy pulcro con camisa y resuelto al andar, con cabello canoso y rostro lleno de vitalidad.
·         La mamá, una mujer envejecida por la espera y la falta de interés de parte de su hijo. De ropas oscuras.
·         La mujer en la cama, alguien muy bella y ligera, comprensible.

[3] En tercer lugar vemos un pedazo de la premiada y formidable “American Beauty” (Belleza Americana, 1999) de Sam Mendes.

·    ¿Qué es lo que el muchacho (que hace grabaciones) no quiere olvidar (o quiere recordar) y por qué?
Que hay toda una vida detrás de las cosas, y una fuerza increíblemente benévola…La bolsa lo invita a ser niño nuevamente y recordar, es necesario recordar para no olvidar nuestra esencia y mantener esa inocencia.

·    ¿Qué mensaje cifrado encuentra en la grabación (de la bolsa llevada por el viento) que el muchacho le hace ver a la chica que le da un beso?
La trayectoria de la vida en el tiempo lleno de situaciones, vas y vienes sin dirección, caes y te levantas acomodándote a las circunstancias de unos límites invisibles, pareces dominado por alguien, y sin embargo la libertad es una expresión que se manifiesta hasta en la recreación rutinaria más mínima. 

[4] En cuarto lugar, la conmovedora historia de Ramón Sampedro llevada al cine por Alejandro Amenábar en “Mar adentro” (2004); se trata del final del film. ¿Alguna vez pensó o imaginó su propio suicidio? Si estimulamos ‘creativamente’ la muerte.

·    ¿Qué forma utilizaría para acabar con su propia vida y por qué? Si le interesa el tema: escriba una narración sobre su propio suicidio.
Un antídoto para desvanecerme en la oscuridad, porque la luz es parte del artificio que nos evidencia de imperfección y vulnerabilidad. Y no al sufrimiento de la enfermedad porque me dedico a la austeridad y la discreción, y a no levantar polvo para no incomodar al entorno. Una forma de muerte silenciosa que no procure molestia ni evento, es desvanecerse en la oscuridad para no distraerme más con la mirada y explotar más otros sentidos y otras cualidades internas.

·    ¿Cree que vivir es un derecho y no una obligación? ¿Por qué?
Al principio se plantea como un derecho, como bien lo dice el guión (de la película Amenábar) que revela Bardem (el actor), sin embargo en el trayecto de la vida se va tornando en una obligación de una sola vía, donde nos sostenemos a diario para no llegar al horizonte próximo de la muerte. 

[5] En quinto lugar, “The Shawshank Redemption” (Sueños de fuga, 1994) de Frank Darabont. Andy Dufresne (el personaje principal) muestra una ciega vocación por el desacato y habla con sus compañeros de prisión de algo fundamental: la belleza de la música y de… la esperanza.

¿Llega a notar que la reflexión del preso tiene mucha afinidad con las palabras que el muchacho en “Belleza americana” le dice a la muchacha cuando ven la grabación?
·    ¿Qué cosas siente usted que nadie le puede quitar?
Mi mundo imaginario dispuesto para el aporte a las letras. Mi capacidad de la constancia para seguir intentándolo y combinando las lecturas y los modos del pensamiento.

·    ¿Si tuviera que compartir celda con alguien a quién escogería? ¿A Tim Robbins (Andy Dufresne) o a Morgan Freeman (Red, el reo de color que le dice que la esperanza no es buena)?
He tenido amigos como Andy, inteligentes y a la vez hechos para disfrutar de la libertad, de su libertad particular que no puede ser impedida de aire, porque necesitan expresar de diferente forma su vena talentosa. Por eso es que escogería a Andy, no me importa si son presumidos o elocuentes, irreflexivos en su erudición desmedida alguien que constantemente te está poniendo a prueba con todo lo que puede saber, me gustan ese tipo de amistades criteriosas y para discusión para cada momento.

[6] en “Taxi Driver” (1976) de Martin Scorsese, aparece todo el temperamento del taxista Travis Bickle encarnado por Robert De Niro.

·    Aplique etopeya y prosopografía para describir a Travis.
Etopeya:
Tiene un carácter explosivo que le ha dado las calles. No parece temerle a nada o esconde para él la entrañable distancia que lo separa de lo que le hubiera gustado ser, si habría tenido el afecto de sus seres queridos. Sin embargo, nada ha sido fácil, ahora va al frente y no se detiene, quiere amedrentar y se ensombrece en su rudeza para consolarse en soledad. Sus días avanzan y en su mente se desfiguran las imágenes que amo en brevedad. Descanso poco y eso se ve en la fatiga que la recupera con la introspección pragmática cuando desea algo y va por ello.

Prosopografía:
Bien parecido con el agotamiento reseco en su semblante endurecido por los días frenéticos y de la desventura en las carencias. Viste como un rebelde sin ofrecer detalles cautivadores, su aspecto es ofensivo y eso se refiere cuando quiere enfrentarse a cualquiera. Es capaz de todo, lo veo en su mirada, no tiene nada que perder porque sus manos se desenvuelven hacia el todo o nada.

·    ¿Qué le preguntaría al personaje si lo llegara a conocer y por qué?
[Acá se plantea una pregunta no al personaje, sino al actor Robert De Niro]¿Alguna vez también fue joven arrogante, espontáneo, bien parecido y rebelde sin motivo?
Porque en la actualidad da la impresión de sólo representar papeles inmutables, señoriales, muy correctos, conservadores y rigurosos, de una madurez constante y experiencia que desborda hacia la pedantería. Ya en ese papel de Taxi Driver lo noté como un actor joven pero muy serio y firme en sus movimientos y sus expresiones, demostrando ser muy frontal y arrogante que obviamente intimida, pero Ud. es un tipo muy comediante en la vida real, ¿es cierto entonces que gusta de contrastar la personalidad en la ficción?

[7] Luego, “Forrest Gump” (1994) de Robert Zemeckis.

·    ¿Qué opina de lo que la madre de Forrest le dice a su hijo antes de morir?
Es sincero y trasparente, esclarecedor y facultativo. Definidamente conmueve y emociona la simpleza del corazón maternal. Nos abre los ojos hacia una nueva etapa que debemos afrontar reinventando un destino para nosotros.

·    ¿Escribir es una forma de darle la contra al destino?
Si te dejas a la intemperie (inconsciente), despertarás en cualquier lugar, menos en el indicado. Para llegar a la cima de la creación, deberías estar consciente a cada momento y desestimar distracciones y cerrar puertas porque el destino falaz puede estar disfrazado de obstáculos y contratiempos para sacarte del camino. ¡Cuánto importa la firmeza e ir en contra de la adversidad para llegar a esa altura de ideas!

·    Escriba una carta de despedida metiéndose en la piel de la madre de Forrest. ¿Qué le diría a su hijo?
Mi adorado Aloncito:
He sentido el llamado de nuestro Señor para estar en su reino porque estando junto a ustedes he tratado de cumplir con todos los mandamientos de su ley, los he querido cuanto he podido, les he querido brindar la palabra de Dios en los momentos que estábamos juntos, y acercarles a  Jesucristo a su corazón para que se arrepientan como yo lo hacía a diario muy temprano junto a mi cama. No quisiera que sigan intentando alargar mi sufrimiento con esas medicinas que jamás acepté, si mi vida no tiene más remedio por esta enfermedad que también es una bendición, no me asusta dormirme para siempre en un cuerpo que no nos pertenece, la muerte es un paso hacia la eternidad. Estoy contenta de verlos juntos después de haber sufrido bastante en esa ignorancia y en esa pobreza cuando Dios todavía no estaba presente en nuestras vidas.


Preguntas finales: ¿QUÉ FRAGMENTO LE INTERESA MÁS Y POR QUÉ?
Definitivamente estoy echado a lo sentimental y cuasi romántico (pero no se lo digan a nadie), y eso me llevaría al diálogo entre Forrest Gump y su madre antes de que ésta fallezca. Sin ser un diálogo espectacular ni muy profundo en términos filosóficos, me siento un poco identificado con ese cuadro del hijo frente a la madre, porque me siento muy cercano a mi madre, estoy muy cerca a sus palabras, sus sentimientos, su soledad, acompañándola, brindándole mi crítica o mi apoyo. Ese binomio que en muchos casos de la historia ha sido fundamental para la formación del hijo y su trascendencia en la historia, como fueron los casos de Nikola Tesla y su madre, Einstein y su madre, Proust y su madre, etc., en las cuales la madre fue fundamental y dejó un gran legado, como esas palabras simples, naturales, diáfanas, llenas de sabiduría y prácticas para resolver los enigmas de la existencia y del destino con esa humildad que es invalorable.

¿QUÉ PELÍCULAS VIO ENTERAS Y CUÁLES DESEARÍA VER?
Enteras:
Sueños de fuga
Forrest Gump

Desearía ver:
A Bronx Tale
Cinema Paradiso




martes, 19 de febrero de 2013

Estimulación Creativa

Se recomendó ver los fragmentos de siete películas, en este enlace:
http://www.youtube.com/watch?v=-7kZtc8LaFs&feature=youtu.be

Y, luego, se formularon algunas preguntas. Acá las respuestas de John Barrientos:


SOBRE UN CUENTO DEL BRONX

 ¿Por qué intuye usted que el padre le dice esto a su hijo? ¿Lo puede imaginar?

Supongo que al padre le pasó eso: tenía un talento y no supo aprovecharlo, o quizás vio ese talento en muchas personas y así también cómo estas personas lo echaban a perder todo al no mostrar interés por conservar y fortalecer un talento.

¿Cree usted que todos los seres humanos nacemos con talentos? 

 En definitiva, por un lado está el talento aprendido, y por otro el talento heredado; visto desde este punto de vista, los hijos a lo largo de sus vidas absorben como esponjas enseñanzas, actitudes y comportamientos basados en sus experiencias. Ciertas características como, saber escuchar, saber expresarse, saber sentir, son patrones ligados a los talentos que hoy en día se desarrollan en las distintas artes humanas.

¿Qué talento o talentos crees que se necesita(n) para crear (novelas, cuentos, películas, obras de teatro, etcétera)?

Como hay varios autores que poseen su propia clasificación de talentos, sólo escribiré lo siguiente
o Talento de la creatividad.
o Talento de la emoción.
o Talento de la imaginación.
o Talento de la empatía con los seres vivos.

SOBRE CINEMA PARADISO

¿Cómo podría describir usted la sensación que siente el personaje principal al enterarse de que Alfredo ha muerto? Métase en la piel del personaje antes de describir la sensación…

o Al principio, digería la llamada de su madre, al oír las palabras "Alfredo ha muerto", intenta entenderlas, pierde el sentido del tiempo y el espacio en el que se encuentra, vuelve en sí tras la pregunta de su esposa para finalmente encerrarse en su esfera, donde una inquietante incredulidad de la muerte de Alfredo hace que lo recuerde, siento que se pudre en su dolor a su manera, creo que se pierde en la incredulidad y el recordar.

DESCRIPCIÓN DE LOS PERSONAJES DE CINEMA PARADISO.

o Madre.- La esperanza se ciñe en mí como un fruto seco y amargo, más muerto no está, he decidido creer en mi hijo, creer que aún tengo la responsabilidad de ser su madre, de llevarle lo bueno y lo malo. La juventud no se me escapa, soy yo quien la deja ir para retener este amor no correspondido, la sacrifico.
o Hijo.- Hay sonidos que penetran el silencio de manera ridícula. Aún en el incrédulo parecer de los tiempos, sólo el presente es parte de mí. Ataño el pasado como un pesado metal, cuya indiferencia me apoya.  Cínico encuentro tengo con el pasado ahora, reposo sobre la cama, mantengo el aire en mis pulmones y tras exhalar asumo la verdad, asumo que la muerte cuya existencia no tiene espacio ni tiempo se ha llevado lo que pertenecía a este mundo. Lo que creía parte de mi pasado, retorna de manera vertiginosa para postrarse junto a mi cabello canoso, junto a mi cama.
o Esposa.- Él ha llegado, como siempre. Vacilo en mi papel de esposa, indiferente a la relación quebrada entre madre e hijo. Siento mi piel suave y lozana. Envío el mensaje encomendado, lo entrego como quien deja un sobre bajo una puerta. Me aplasta la veracidad del día, así que hacer preguntas o dar respuestas no vienen al caso, el descanso es mi consuelo, mañana seré la esposa activa.

SOBRE BELLEZA AMERICANA
¿Qué que es lo que el muchacho (que hace grabaciones) no quiere olvidar (o quiere recordar) y por qué?
o De que había toda una vida detrás de las cosas, una fuerza increíblemente benévola que le hacía saber que no había razón de temer jamás frente a todo lo que existe en nuestra sociedad y que contraste (hiriente) con esa belleza.
¿Qué mensaje cifrado encuentra en la grabación (de la bolsa llevada por el viento) que el muchacho le hace ver a la chica que le da un beso?
o Que todo esta enlazado, que cada elemento vivo o no vivo se desprende de su naturaleza para entregarnos un mensaje, una interpretación de lo que es vida, de lo que es nuestra vida.
¿Qué forma utilizaría para acabar con su propia vida y por qué? Si le interesa el tema: escriba una narración sobre su propio suicidio.
o Ni en el peor de los casos, así caigan vacas del cielo.
¿Cree que vivir es un derecho y no una obligación? ¿Por qué?
Creo que vivir es un derecho que se concibe desde el momento en que se nace. Lo que haga posterior a su nacimiento se considera como una opción a la cual puede renunciar o asimilar.
 
•  Llega a notar que la reflexión del preso tiene mucha afinidad con las palabras que el muchacho en “Belleza americana” le dice a la muchacha cuando ven la grabación?
Sí, ese conjunto mágico de sucesos con vida que percibimos en el ambiente. Que nos recuerdan nuestra naturaleza.
SOBRE SUEÑOS DE FUGA
¿Qué cosas siente usted que nadie le puede quitar?
Mi capacidad emocional de percibir el mundo, aunque muchas veces me llamen loco. 
•  ¿Si tuviera que compartir celda con alguien a quién escogería? ¿A Tim Robbins (Andy Dufresne) o a Morgan Freeman (Red, el reo de color que le dice que la esperanza no es buena)?
 Morgan Freeman. 
¿Qué le preguntaría al personaje si lo llegara a conocer y por qué?
o ¿Con quién hablaba?  Quizá representa lo que odia, o lo que quiere.
SOBRE FORREST GUMP:
 ¿Qué opina de lo que la madre de Forrest le dice a su hijo antes de morir?
o Creo que fueron las palabras necesarias, el mensaje indicado para una despedida.
¿Escribir es una forma de darle la contra al destino?
o No, sólo es un camino, es como el consejo de un buen amigo, el valor de un objeto o un recuerdo, es sólo  un camino a través del cual los seres vivos determinan su destino.
o Escribiendo no cambiamos nada, sólo surgen ideas que pueden ser buenas o malas, reales o ficticias, pero son un gran aporte para quienes desean encontrar respuestas y formar así su destino.
Escriba una carta de despedida metiéndose en la piel de la madre de Forrest. ¿Qué le diría a su hijo?
o Le diría lo mismo que le dijo en esa escena. No podría agregar, ni extraer nada. Estaría inventando palabras que no le hubieran nacido, imaginando algo que ese personaje no hubiera dicho, hubiera sido diferente si ella hubiera muerto antes de encontrarse con su hijo, sin decir nada.
  
Preguntas finales: ¿QUÉ FRAGMENTO LE INTERESA MÁS Y POR QUÉ?
 Me interesa el fragmento de la película American Beauty, porque demuestra o describe ejemplarmente uno de los momentos que mas disfruto de la vida. Es una explicación sencilla de lo que está afuera. Y aunque científicamente no encuentre el estudio indicado de este meollo mostrado en varias películas, es sólo un aporte más.
 Yo aplico diariamente ejercicios que fortalecen esta clase de empatía con el mundo, de júbilo desbordante. Por eso me interesan los diferentes ejemplos que se dan en el mundo para recordar, como dice el personaje, para sentir que no todo esta olvidado, perdido.

¿QUÉ PELÍCULAS VIO ENTERAS Y CUÁLES DESEARÍA VER?
 American Beauty, me gustaría verla.
Forrest Gump, la he visto completa.
The Shawshank Redemption, la he visto completa.

Respuestas de John Barrientos

Datos personales

Mi foto
(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colabora desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Punto en línea (UNAM, México), Buensalvaje (Perú) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" (Ediciones Altazor, 2012) y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). Acaba de aparecer "Bitácora del último de los veleros" (Aletheya, 2016).

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