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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sobre escribir en primera persona

Por Ernest Hemingway

Cuando empiezas a escribir en primera persona, si las historias resultan tan reales que la gente se las cree, los lectores pensarán casi siempre que esas historias te sucedieron de verdad. Y es natural porque, al inventarlas, hiciste que le sucedieran a la persona que las contaba. Si lo logras, consigues que el lector crea que estos hechos le sucedieron también a él. Y si eres capaz de hacerlo, empiezas a conseguir lo que pretendías, que es construir algo que se convertirá en parte de la experiencia del lector y en parte de su memoria. Habrá cosas que no notó al leer la historia o la novela, pero que, sin que se dé cuenta, penetrarán su memoria y su experiencia, de modo que pasarán a formar parte de su vida. Conseguirlo no es sencillo.
Aunque no sea sencillo, lo que sí es casi siempre posible para los miembros de la escuela de detectives privados de crítica literaria es demostrar que el escritor de ficción que escribe en primera persona seguramente no ha hecho todo lo que ha hecho el narrador, o tal vez, nada. La importancia que puede tener o lo que puede demostrar, más allá de que el escritor no carece de imaginación o de inventiva, es algo que no he entendido jamás. 
En los primeros tiempos en París, solía inventarme hechos no sólo a partir de mi propia experiencia, sino de las experiencias y el conocimiento que tenía de mis amigos y de la gente que conocía o que me habían presentado y recordara, que no fueran escritores. Siempre tuve la suerte de que mis mejores amigos no fueran escritores y de haber conocido a mucha gente inteligente que sabía expresarse muy bien. En Italia, cuando estuve allí durante la guerra, por algo que hubiera visto o me hubiera sucedido a mí, descubrí cientos y cientos de cosas que le habían sucedido a otra gente que había vivido la guerra en todas sus fases. Mis pequeñas experiencias me sirvieron de guía para saber si las historias eran verdaderas o falsas, y resultar herido fue un santo y seña. Después de la guerra pasé mucho tiempo en 19th Ward y otros barrios italianos de Chicago con un amigo italiano al que había conocido en el hospital de Milán. Entonces era un joven oficial y había resultado herido de gravedad en varias ocasiones. Había ido desde Seattle, creo, a Italia para visitar a su familia, y cuando Italia entró en guerra se ofreció como voluntario. Éramos muy buenos amigos y él era un narrador excepcional. 
En Italia conocí también a muchos miembros del ejército británico y de su servicio de ambulancias. Mucho de lo que más adelante inventé al escribir lo aprendí de ellos. Durante muchos años, mi mejor amigo fue un joven soldado profesional británico que en 1914 había ido de Sandhurst a Mons, y que había servido con las tropas hasta el final de la guerra en 1918. 


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(Arequipa, Perú, 1980). Escritor, hincha de FBC Melgar. Colabora desde el 2012 con el semanario "Hildebrandt en sus trece". Su libro "Mi familia y otras miserias" apareció en Tribal (2013). El 2014 se reeditó su libro de relatos "La prosperidad reclusa". Ha publicado ficción y no ficción en El Malpensante (Colombia), Punto en línea (UNAM, México), Buensalvaje (Perú) y otros trabajos narrativos en revistas literarias virtuales como Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona). Ha sido incluido en las antologías "Disidentes 2: los nuevos narradores peruanos 2000-2010" (Ediciones Altazor, 2012) y "17 cuentos peruanos desde Arequipa" (Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, 2012) y "20 cuentos arequipeños" (2016). Acaba de aparecer "Bitácora del último de los veleros" (Aletheya, 2016).

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